Una cachetada y un huracán sin sentido

El incidente entre una maestra y una alumna ha reabierto el debate sobre los límites de la disciplina en las aulas

Hace unos días, una jovencita escolar recibió una cachetada por parte de su maestra. Según el video grabado por las demás alumnas, en solidaridad con la compañera irrespetuosa, la maestra mostró un fastidio que se había acumulado durante largo tiempo por las malacrianzas de la alumna.

El asunto explotó en las redes con dos bandos perfectamente definidos: unos pusieron el grito en el cielo y sometieron a escarnio a la maestra, a quien estigmatizaron acusándola hasta de un crimen por su exabrupto frente a la alumna insolente. Debe ser destituida de inmediato, llevada a la cárcel, perder todos sus derechos ganados durante largos años de dedicación al magisterio.

Un abogado incluso se ha atrevido a asegurar que la maestra está, desde hoy, condenada irremediablemente por los tribunales de la República por haber cometido un delito atroz en contra de la alumna. Los periódicos radiofónicos, televisivos e impresos han encontrado mieles en este escándalo y azuzan a los participantes a darse de sopapos en las redes de internautas, que participan con una irracionalidad inconcebible.

El otro grupo, más comedido, aboga por hacer una investigación exhaustiva de la conducta de la alumna, que pudiera haber llevado a la maestra, en un momento de exasperación, a cometer la sinrazón de cachetear a su alumna insubordinada.

Alegan que a la maestra la avalan su larga trayectoria sin reproches, su dedicación, sus derechos ganados y su derecho a la inocencia mientras no sea juzgada y vencida en juicio, como debe ser.

Han hecho los catrachos, los buenos hombres y mujeres de esa parcela de América, un huracán de un vientecillo.

¿Por qué digo esto? Pues, sencillamente, porque no podemos lapidar a los maestros dándoles la razón a unos niños que se creen con la autoridad para irrespetar a su docente porque, en su casa, unos padres irresponsables no les educaron en las normas del respeto a los mayores y, sobre todo, a los maestros.

No podré justificar nunca las conductas aberrantes de muchos maestros; luché contra eso en la Facultad de Medicina, pero reaccionar por una cachetada para poner en orden a una joven que se ha insubordinado consuetudinariamente no creo que sea para escandalizar a una docente y librar de toda culpa a una joven prepotente y malcriada, que es producto de una sociedad sin freno, como la hondureña, que todos los días protagoniza crímenes horripilantes.

En las mismas fechas, y en las mismas ondas y páginas, aparecen noticias que sí dan razón para que la sociedad hondureña se escandalice y tome medidas para exigir al Estado reparación inmediata: 261,000 niños atrapados en el trabajo infantil en condiciones precarias y salarios bajo el mínimo; así trabajan los menores; el sarampión regresa a Honduras luego de largos años y produce muertes infantiles por ausencia de vacunación; miles de padres de familia se han negado a vacunar a sus niños; la matrícula escolar ha caído estrepitosamente en este año; 56,000 hondureños piden regularización en España; miles de hondureños migran de manera ilegal a los Estados Unidos -que han dejado a sus hijos en manos de abuelos u otros parientes- y son perseguidos para ser deportados; el salario mínimo no cubre las necesidades básicas de los pobres; varios niños son agredidos por sus padres, incluso asesinados; miles de niños sufren acoso sexual y violación; miles de niños no cuentan con los útiles escolares ni con casa digna; miles de niños crecen abandonados por su padre, y paro de mencionar.

¿Por qué los hondureños no hacen escándalos similares por estos problemas esenciales? ¿Será que no incide en la conducta de un niño el que tenga que trabajar en vez de estar en la escuela, el que se tenga que morir por la negligencia de los padres y del Estado al no vacunarlos, el que los jóvenes no asistan a la escuela porque deben trabajar y esto parece no ser un problema estatal, el que los niños no crezcan con el respaldo hogareño de sus padres porque estos no pueden sobrevivir en las condiciones de miseria que el Estado no ve y, por tal razón, deben emigrar incluso con alto riesgo de sus vidas?

El pronunciamiento de Educación es sensato y equilibrado. Nuestra juventud anda extraviada. ¿No será este el momento de ponerlos en orden, no con expulsiones, sino con medidas correctivas?

Aplastar a una maestra porque dio una cachetada a una joven irrespetuosa no resuelve los problemas esenciales que he mencionado arriba, en donde indudablemente tiene origen esta conducta aberrante.

Basta con pedirle disculpas y que no vuelva a hacerlo. ¿Es que acaso no nos equivocamos todos? ¿En dónde está el espíritu cristiano del que se hace alarde vano?

Este escándalo, en que se encuentran enfrascados los hondureños, solo los lleva a la distracción para no enfrentar con verdadera responsabilidad ciudadana y patriotismo los auténticos problemas que enfrentan los niños de Honduras y cuya solución el Estado escabulle, por mucho tiempo, a fondo.

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