A raíz de la columna de la semana pasada, en la que reflexionaba sobre la necesidad de mantener un orden externo, pero también uno interno, alguien me preguntó cómo hacer para evitar los extremos y no llegar a la manía, a la obsesión por la limpieza y el orden. Porque me señalaba, y es muy cierto, que una persona que abusa de la virtud puede volverse insoportable y convertir la convivencia en un pequeño infierno.
Y es que ya Aristóteles, en su “Ética a Nicómaco”, decía que, en el ejercicio de las virtudes humanas, es necesario mantener un equilibrio, lograr un punto medio que permita que la virtud siga siendo virtud y no se convierta en vicio, de modo que una cualidad no se vuelva un defecto.
Veamos, puede suceder que un hombre o una mujer, en el afán de cultivar un hábito ético se exceda en su práctica. Así: una persona discreta cae en el secreteo y no abre la boca cuando debería hacerlo, o un individuo que procura ejercitar la virtud de la sobriedad caiga en la tacañería, porque no gasta en lo necesario; o alguien que aspira a llegar a ser templado, a vivir la virtud de la templanza, se prive de placeres legítimos.
La búsqueda de ese “punto medio” no siempre es fácil, pero indispensable si se aspira a ser virtuoso. Porque se puede dejar de serlo por falta o por exceso. Por falta cuando la balanza se inclina hacia la ausencia de un buen hábito, y por exceso cuando lo hace hacia la exageración y, como ya dije, se cae en la manía.
Otro ejemplo: no es laborioso el haragán, el perezoso, el que deja todo para más tarde, el que evade el cumplimiento de sus deberes; pero tampoco es verdaderamente laborioso el que no se atiene a un horario, el que sacrifica innecesariamente las horas de sueño y de descanso, el que descuida a la familia; aquel al que eufemísticamente se llama “workoholic”, y acaba por ser un irresponsable con él mismo, con la esposa o con los hijos.
Tampoco es realmente sincero, no practica la virtud de la sinceridad, el que se queda callado ante el defecto evidente de un amigo, padece de constricción mental o deja de decir las cosas por respetos humanos, como no lo es el indiscreto, el que es incapaz de guardar un secreto o se jacta de no “tener pelos en la lengua”.
La batalla, pues, debe ser buscar y encontrar ese equilibrio que evita que la virtud de convierta en vicio o el buen hábito en mala educación.