Entre tantos acontecimientos ingratos agravados por ecos de bombardeos provenientes del otro lado del mundo nos cae bien, de vez en cuando, un chapuzón de cultura como fue la Feria del Libro, que obsequió a los sampedranos, el pasado sábado, el Centro Comercial Nova Prisa.
Allí nos hicimos presentes conscientes de la importancia que tienen estos esporádicos eventos para prodigar el hábito de la lectura como facilitador de felicidad aun en medio de la adversidad geopolítica y social que nos golpea. Está comprobado que las personas que leen continuamente disfrutan más la vida que aquellas que buscan otra forma de entretenimiento, ya que conocen un mundo más amplio, saben valorar, en definitiva, el fabuloso universo de las letras.
Los lectores nunca están solos, siempre se entretienen conversando con un escritor que los guía por caminos insospechados, y los sorprende en cada esquina de su relato. Tener un libro en nuestras manos es tener un manjar al cual podemos encontrar diferentes sabores, en el entendido que no hay mala literatura, sino malos gustos.
Cuando impartí las cátedras de Técnicas de Redacción y Técnicas de la Comunicación en la Universidad Privada de San Pedro Sula solía destacar que nosotros, en términos generales, llegamos a los centros de educación superior sin haber aprendido a leer porque, ni padres ni maestros, nos enseñaron a disfrutar las delicias de un libro y, al no sentirle sazón, tampoco entendemos lo que nos quiere transmitir el escritor.
No estoy de acuerdo con que en los centros educativos los maestros pidan a los estudiantes leer determinada obra. Lo ideal sería que les presenten un abanico de opciones para que cada quien escoja la que concuerda con sus gustos.
Esto lo comprobé cierta vez que uno de mis alumnos me confió, en privado, que sabía la importancia que tiene el amor por la lectura, pero resultaba que cada vez que se proponía leer un libro “impuesto” lo dejaba a medio leer porque no le gustaba. Me comentó que su pasión era el fútbol, entonces le sugerí que leyera la biografía del brasileño Mané Garrincha.
Cuando se dio cuenta, a través de mucha lectura, que el futbolista carioca pudo haber sido tan grande como Pelé o Maradona de no ser porque el alcoholismo lo convirtió en una piltrafa humana, dijo alborozado que ya le estaba picando el gusanillo por leer.