WASHINGTON. Hollywood nos ha acostumbrado a ver al presidente de los Estados Unidos subir a la tribuna para decirnos confiadamente que va a combatir al peligro que amenaza la existencia del planeta, ya sean extraterrestres, asteroides, marejadas gigantescas, volcanes, tiburones asesinos, robots mortíferos o un asteroide de 500 millones de toneladas del tamaño de la ciudad de Nueva York.
Por lo tanto, fue pasmoso ver al presidente de los Estados Unidos subir a la tribuna para declararse él mismo como la amenaza a la existencia del planeta.
Y con música de fondo para acompañarnos a nuestra perdición, como en el Titanic.
Sabemos que estamos en problemas cuando la contaminada Pekín, a donde van a morir los pajaritos, asume el puesto de líder en materia de cambio climático.
Estados Unidos está viviendo un fracturado cuento de hadas, presa de un solitario y mal informado rey loco, un principito arrogante e ingenuo, una atractiva pero cómplice princesa rubia, y un trol dispéptico y caótico que vive bajo el puente.
Una carnicería estadounidense, sin duda alguna.
En el tema del cambio climático, el trol, interpretado por Steve Bannon, logró tomar el control y convenció a Donald Trump de que le lanzara una trompetilla al mundo. Más le vale a Bannon estar en guardia, pues al crecer las aguas podrían arrastrar su puente hacia el pasado.
Pese a que Jared, Ivanka, Gary Cohn, Rex Tillerson, Elon Musk, Bob Iger y Lloyd Blankfein presionaron a Trump para quedarse en el acuerdo climático de París –que es más una aspiración sobre lo que podemos inhalar–, Bannon ganó el juego pues a Trump le encanta actuar como Mr. Met, la mascota del equipo neoyorquino de béisbol que despidieron por mostrarle el dedo a un fan.
Como relató su biógrafo Tim O’Brien en el programa “This Week” de ABC, en una ocasión Trump le señaló unas bocinas de 1.80 metros de altura junto a la alberca de Mar-a-Lago, que emitían rock clásico a todo volumen, y le reveló: “¿Sabes? Cuando llegué aquí a Palm Beach nadie me quería tener cerca. Y me encanta subirle el volumen a esta música todo lo que se pueda pues sé que les revienta a todos esos tales por cuales y eso me fascina.”
Es una conducta conocida. “Él quería salirse de Queens para irse a Manhattan”, señaló O’Brien. “Él quería ser aceptado por el mundillo de los bienes raíces de Manhattan, pero después le pintó un violín.” Él quería contender por la presidencia como republicano y obtener la aprobación del establecimiento republicano, pero después le pintó un violín.
Lo mismo le sucedió con The New York Times: primero buscó sus favores y después lo llamó “fracasado”. Y ahora es el turno de los aliados europeos, que no salen de su asombro.
Mientras sus críticos en casa y en el extranjero más lo llamen palurdo y bruto, más insiste Trump, tratando de arrastrar al país a una época en la que se escupía humo negro, las mujeres batallaban para conseguir anticonceptivos, los enfermos estaban librados a su suerte, reinaba el temor a la marihuana y se rechazaba a Cuba.
En 2017, el presidente de Estados Unidos está guiando al país a un audaz futuro nuevo, diciendo que se le queman las habas por parrandear en “la gran inauguración de una nueva mina”.
Trump fue aguijoneado en la dirección de salirse del acuerdo de París por algunas cuestiones que lo irritaron.
Como reportaron Mark Landler y Michael Shear en The Times, Cohn, el jefe de asesores económicos del presidente les dijo a los reporteros en Sicilia que Trump podría entrar en razón. “Sus opiniones están evolucionando” en materia del cambio climático, aseguró Cohn. “Él llegó aquí a aprender. Él llegó aquí a ser más inteligente.”
Se hizo más inteligente pero sigue queriendo tocar rock a todo volumen.
Después, el presidente leyó una entrevista con Emmanuel Macron en un periódico francés, en la que el presidente de Francia se jactó de haberse preparado para darle a Trump un apretón de manos como de Iron Man pues ese era un “momento de la verdad” y quería demostrar que él “no hará ni la menor concesión, ni siquiera simbólica”.
Al comparar a Trump con los hombres fuertes de Rusia y de Turquía, Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan, Macron dejó en claro que él estaba dispuesto a enfrentarse al matoncito de barrio, presionando duro a Trump, tal como haría días después con Putin. Criticó al presidente ruso por su “propaganda mentirosa” controlada por el estado y advirtió que Francia recurriría a la fuerza militar si Bashar Al Assad, aliado de Putin, volvía a lanzar ataques químicos contra el pueblo sirio.
Como reportaron Ashley Parker, Phil Rucker y Michael Birnbaum en The Washington Post el jueves pasado: “Escuchar los comentarios burlones de un francés 31 años más joven que él irritó y confundió a Trump, aseguraron sus asistentes. Pocos días después, Trump quiso cobrar su venganza. Desde el Jardín de las Rosas, proclamó: ‘Fui elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no a los de París.’”
No se sabe si Macron esté siendo asesorado por su esposa, a quien conoció cuando ella era su maestra de teatro en el liceo. Pero es obvio que él entiende los signos y símbolos del poder.
Trump es el presidente con experiencia en la farándula, pero el presidente francés es el que domina la teatralidad, desde el esplendor de la “Oda a la Alegría” tocada en el Louvre la noche de su victoria electoral mientras él daba una lenta caminata, hasta los férreos seis segundos de pulseada con Trump y el espectacular giro que dio para ir a abrazar a Angela Merkel y evitar a Trump, a quien dejó perplejo, esperando estrecharle la mano, así como la vapuleada que le dio al amigote de Trump, Putin, en Versalles y su exhorto televisado el jueves, cuando lanzó en inglés: “Hagamos a nuestro planeta grande otra vez”.
Como escribió Adam Nossiter de The Times, Macron tiene “la arraigada creencia de que, en cierto sentido, Francia ha echado de menos a su rey desde la ejecución de Luis XVI el 21 de enero de 1793”. Y ha cultivado muy conscientemente un aire majestuoso al abanderar el “centrismo radical”, la globalización y la protección del ambiente. The Post lo llama “príncipe regente de París y Pittsburgh por igual”.
Trump, por su parte, ha sacudido al mundo con sus maneras vulgares, sus políticas crueles, su caótico estilo administrativo, sus reuniones en las que obliga a los participantes a expresar su veneración y sus actitudes antediluvianas, confirmando su imagen de rey niño.
Por esta vez, los franceses tienen el derecho a mostrarse condescendientes con Estados Unidos.
