La frase de Rafael Heliodoro Valle, que somos “una tierra de pan llevar”, ha llevado a creer que, siendo tan rico el territorio, no hay que trabajar, no hay que planificar, tampoco prever, y solo esperar que los frutos maduros caigan sobre la mesa.
De allí, la actitud que manejamos es la de un pueblo que, teniendo todo, no hace nada por construir una nación viable, con un pueblo orgulloso dispuesto a dar todo por construir la mejor nación del continente y del mundo. Esa voluntad no es perceptible entre nuestros compatriotas. En la conducta y en el discurso de la mayoría de los políticos, que se han refugiado en la disputa callejera y en la pelea ladina por el presupuesto, no hay nada diferente.
La imagen de Honduras es la de un pueblo indolente, dispuesto a celebrar alegremente a los que les siguen vendiendo “espejitos de colores” a cambio de que resuelvan sus problemas y de que no los obliguen a trabajar. Es la imagen que proyectamos en el vecindario.
Los salvadoreños, que tienen una mejor imagen de sí mismos, creen que somos el pueblo más haragán de Centroamérica. Muchos informes y estudios de funcionarios de organismos internacionales hacen hincapié en la falta de voluntad política, poca dedicación al trabajo, discreta honradez y ausencia de objetivos compartidos. Todo ello se completa con una enfermiza disposición a depender del Gobierno hasta en lo más inverosímil.
Esta última debilidad es más notoria en la medida en que ha crecido la población, se han desvalorizado los mecanismos de control social y se ha desatado una pelea constante y colectiva por las migajas del presupuesto nacional y por el territorio. Se niega la necesidad de competencia para servir en los cargos públicos. Se aduce que son derechos que nacen de la voluntad, porque los méritos son inventos de quienes favorecen la discriminación.
Algunos desde afuera fomentan la legitimidad de esta conducta con cuentos de camino real: que hay pueblos originarios que, sin honrar el pasado y sin hacer nada en el presente por Honduras, tienen el derecho de paralizar acciones que realizan otros para explotar las tierras, usar las aguas, la luz y la temperatura para producir bienes y servicios y llevarlos a los mercados internacionales que tenemos cerca y que no aprovechamos suficientemente.
En los años sesenta fui anfitrión por algunas horas del embajador de Israel. Cuando divisó desde la altura el valle de Comayagua, me preguntó por qué no lo cultivaban. Por vergüenza, no le confesé que los hondureños mayoritariamente son haraganes. Le expliqué que no lo sabía.
Pero el problema sigue. Ahora que acabo de regresar de Estados Unidos, he visto cómo ese valle exige brazos y corazones entusiastas y voluntades aceradas para producir riqueza. No hacerlo no es pecado. El diablo no se lleva a los triunfadores.
En Olanchito, de mi niñez, decían que el hombre más rico -el más trabajador entre todos- entregaba el alma de los niños al diablo a cambio de que sus vacas dieran más leche que todas las demás.
Es obvio que la ética hondureña es muy frágil. Cada compatriota se siente un niño de once años que anda buscando al “padre” que no ha tenido en los “líderes” de las pandillas y en los caudillos, para que le enseñen la verdad y le resuelvan el problema.
La prédica moral religiosa debe ser revisada. León XIV se lo dijo a los obispos hondureños. No sé si lo entendieron. Pero hace falta un discurso en el que, de alguna manera, se vincule la salvación futura con el éxito actual y con el triunfo de producir riqueza.
No debemos seguir siendo los haraganes de Centroamérica.