Todavía recuerdo que, cuando tenía 10 años, mi maestra de primaria se preocupó de que los treinta y pico de varones que cursábamos el quinto grado en la escuela Manuel Bonilla, de Juticalpa, nos preparáramos para hacer nuestra primera comunión. Por eso pidió a una religiosa carmelita, sor Pilar de san José, en el mundo Eva Rubí, también olanchana, que le ayudara con esa labor. Sor Pilar, buena amiga de mi madre por cierto, asumió con cariño y dedicación aquella tarea, tanto que, todavía, aunque ya han pasado casi 50 años, no olvido algunas de sus enseñanzas. Una, que he llevado en mi memoria toda mi vida, versaba sobre la virtud teologal de la esperanza. Nos decía que Dios había querido que creyéramos en las promesas de los demás, que supiéramos esperar, de ahí el concepto de esperanza, que lo que se nos prometía se iba a cumplir, tanto en el plano sobrenatural como en el humano. Pienso que, tal vez, de ahí nació la confianza que suelo tener en las promesas de los demás. Alguna vez, por confiado, he sido engañado, pero siempre he preferido darme después cuenta de que alguien me ha engañado, de que me ha “visto la cara”, que dudar de su palabra. Aparte de que un mundo en el que prevalezca la desconfianza resulta invivible.

He dicho todo lo anterior porque, al leer o escuchar algunas de las promesas de la recién electa presidenta Castro Sarmiento de Zelaya, quiero creer y confiar en que pondrá todos los medios a su alcance, y de los de sus cercanos colaboradores, para volverlas realidad. Una de ellas, y que me ha causado verdadera ilusión, tiene que ver con un proceso de reconciliación nacional, con una recuperación de la hermandad entre todos los hondureños.

En junio de 2009 se abrió una brecha, más bien una herida, en la familia hondureña que creó división y distanciamiento incluso entre hermanos de sangre. Desde entonces, los de un bando han visto con desconfianza y sospecha a los del otro y entrambos se han descalificado, insultado, casi deseado la muerte. Y ya es tiempo de que esa brecha se cierre, que esa herida resane, que esa incómoda fisura se restañe.

La elección de la esposa del depuesto presidente Zelaya Rosales debe contraer el cierre de un círculo vicioso, la conclusión de un proceso de distanciamiento que ha provocado odios, lágrimas, resentimientos e, incluso, exilios y muertos. La nueva presidenta electa debe hacernos recuperar la esperanza en el futuro. Y todo debe comenzar con hacer todo lo que esté en sus manos para desterrar la división de sus gobernados y excluir absolutamente cualquiera acción que la profundice o la fomente.