Pienso que, con facilidad, se entiende que un hábito ético, una virtud humana, se adquiere por repetición. Una conducta se ejercita una y otra vez hasta que se instala en la personalidad y, como dicen algunos autores, surge en nosotros una especie de segunda naturaleza que nos permite reaccionar espontáneamente a la hora de actuar y decidir.
Así, nos ponemos a trabajar cuando debemos hacerlo, decimos la verdad cuando corresponde o dejamos cada cosa en su lugar sin mayor esfuerzo.
Pero no siempre se entiende que la alegría también es un hábito, que podemos “entrenarnos” para alejar de nosotros los gestos destemplados, las caras agrias, las respuestas desabridas, y no digamos los gritos, los insultos o las amenazas.
Es decir, sí es posible que una persona se habitúe a responder con serenidad, incluso con una sonrisa sincera, ante un tono irrespetuoso o ante una situación desagradable.
Para lograrlo hay que actuar, en primer lugar, con intencionalidad; es decir, hacerse el propósito de desterrar las actitudes que ya he mencionado.
Lo anterior obliga a poner en su sitio el espontaneísmo, los afectos desbordados y las reacciones en las que prima lo puramente emocional, sin someterlas a la racionalidad propiamente humana.
Con otras palabras: para mantener los papeles, para no reaccionar con las vísceras, sino con el cerebro, hay que crear la costumbre, hay que ejercitarse en ello, hasta dejar de reaccionar a lo animal y así evitar brusquedades y salidas de tono.
Y no se trata de vivir en un acto de represión constante, de tragarse las molestias y los enojos hasta enfermarnos y acabar con una úlcera o con un infarto.
Se trata de saber conducir las pasiones, de medir las consecuencias de los actos, que es una manifestación elemental de la virtud de la prudencia, y de evitar, por adelantado, la vergüenza que provoca muchas veces una reacción desproporcionada, eso que a veces llamamos “goma moral”, ya que es una especie de resaca de la conducta, cuando acabada la borrachera del mal genio desenfrenado caemos en cuenta de que hemos actuado mal y que debemos, por lo menos, pedir disculpas a los demás.
La alegría es una virtud que parte de una visión optimista de la vida, de recordar que muchos de nuestros temores nunca se concretan en realidades, de saber que al final todo se convierte en anécdota y que reír, o por lo menos sonreír, rejuvenece.
Además, así como el que siembra vientos cosecha tempestades, el que siembra alegría cosecha paz y armonía a su alrededor.
Y esto vale la pena.