30/05/2024
05:01 PM

¡Qué alegría, nació en Belén!

En verdad que este es el caso más impactante de que un regalo, el más grande que hemos recibido de Dios, venga envuelto en las apariencias más degradantes y tristes. En una cueva, lugar de refugio de malhechores, leprosos, forasteros y animales, nace quien es el Rey de Reyes, el esperado de todos los tiempos, el Emmanuel, el Dios con nosotros, el Salvador, el que nos abrió las puertas del Reino de los cielos. Qué sorpresa para los pastores y los reyes sabios, para el mismo Herodes y los habitantes de Belén, para el mundo: que naciera Jesús en las condiciones menos recomendables de higiene, seguridad, comodidad, careciendo de lo elemental para el venir a este mundo. La marginación y exclusión del niño Dios y su familia por no tener qué ofrecer como pago de una posada y un lugar decente donde dar a luz la madre de Jesús, es un hecho que escandaliza por lo dramático. Se arriesgaba la vida del recién nacido por lo insano del lugar, ya sea por el frío de la noche y las bacterias que pululaban en un ambiente donde habían estado animales y por la inseguridad, ya que asaltantes y vagos podrían haber causado algún daño.

Pero si así fue su nacimiento, igual fue su muerte horrenda en la cruz, despojado de todo: de su fama, de su vestimenta, de sus discípulos, de su pueblo y sufriendo la más espantosa tortura. ¿Quién pensaría que es el Salvador, el Mesías, el Redentor?: Irreconocible su rostro, con una mezcla de sangre y sudor, tierra y cabello, hinchado por los golpes, llagado todo su cuerpo por los azotes y manando sangre por todas las heridas, muriéndose asfixiado.

¿Cómo creer que el que nació en Belén y murió en la Cruz es el hijo de Dios, el Camino, la Verdad y la Vida? Realmente la fe es un don y maravilloso, porque humanamente dicho, rompe toda la lógica del éxito, de la victoria, del triunfo y nos sitúa en un ámbito misterioso, el de la dimensión de la inmolación, del sacrificio, el de darse todo por una causa sin reservarse nada, sin esperar nada del mundo y expuesto a todo, con tal de que se cumpla la misión encomendada. Podríamos decir entonces que desde la visión de Dios el más exitoso es el que más se entrega y se sacrifica por los demás.

De hecho vemos en el Evangelio que no hay salvación sin cruz, domingo de resurrección sin viernes santo, santidad sin sacrificio, amor sin dolor y entrega auténtica sin inmolación. Siguiendo el camino de Jesús, su trayectoria de obstáculos, dificultades, persecuciones, incomprensiones, calumnias y muerte por asesinato, nos hace ver que el camino perfecto para vivir una eternidad de gozo en el cielo es el del calvario. Y eso no es masoquismo ni pesimismo, sino realismo evangélico, ya que el Maestro nos indicó por donde hay que ir. Pero ese calvario no es el dolor amargo, triste, pesado y desgraciado del que no tiene causas por las que vivir y amar. Sino que es un sufrimiento que tiene dentro de sí el gozo de la satisfacción de cumplir una misión, la alegría de sentirse dentro del camino del Reino, la consolación que en definitiva da el Espíritu porque estamos completando la pasión de Cristo. Un evangelio sin cruz no es el de Cristo. Un camino espiritual en donde solamente se busque el poder, el dinero, el éxito y se use a Dios como un medio para eso, es un sendero falso, anticristiano.

Hay que estar atento a la pedagogía divina, para entender que Dios dispone todo bien para aquellos a los que Él ama, y así ver que dentro de los momentos y situaciones más difíciles, duros y hasta trágicos, viene algo maravilloso, grande, sublime, que puede transportarnos a niveles de conciencia más profundos y sentir más la presencia de un Dios misericordioso, sabio, todopoderoso y capaz de hacernos subir a peldaños más altos de perfección y santidad. Por lo tanto, está claro que las cosas más hermosas que nos da Dios vienen muchas veces envueltas en un papel de regalo muy curioso: angustias, obstáculos, tentaciones, persecuciones y hasta tragedias.

Hay que estar siempre atentos al anuncio de los ángeles: “vayan a Belén, allí encontrarán a un niño envuelto en un pesebre, es el Salvador”. Tener entonces la humildad de los pastorcitos y estar atentos a los mensajes del Señor quien nos habla en las crisis grandes o pequeñas: “allí hay algo grande para ti; en ese dolor, en esa tribulación estoy yo para hacerte santo”. Y recuerda que Dios te ama y con Él eres invencible.