Todavía ahora es noticia negativa cuando los precios de los bienes agrícolas aumentan. Estamos acostumbrados a explotar a los productores de la misma manera como algunos políticos explotan a los más tontos del electorado, convenciéndoles que ellos son los salvadores. Y que las cosas estarían peores si ellos dejaran el poder.
Como ocurre casi todos los años cuando hay buenas cosechas –y este aparentemente será un ciclo bueno– los que viven de los agricultores se quejan que estos producen para vender en El Salvador, Nicaragua y Guatemala, cuando solo deben hacerlo entre hondureños. Una cosa es la nacionalidad y el compromiso que tiene como característica la mutua reciprocidad y otra, muy diferente, la manipulación patriotera. Los agricultores venden sus productos a los que les paguen mejor. Si en El Salvador –una bendición que Dios nos ha puesto un pedazo de Estados Unidos al lado nuestro – pagan mejor por nuestro maíz, allá debe venderse. Y nadie debe crear obstáculos porque el que quiere celeste, que le cueste.
Muchos pueden pensar que esto es puro cinismo. No.
Es realismo. Las “limas”, los machetes, los fertilizantes, los costales, las semillas y las tasas de intereses que pagan por el dinero invertido, tienen un precio que guarda cierta lógica con lo que cuesta producirlos y la ganancia que quien invierte y corre riesgos busca conseguir. De la misma forma, los que cultivan la tierra no lo hacen para que les celebren lo bonitas que tienen sus siembras, sino que buscan ganancias para ellos y sus familiares. Si los caficultores quieren vender en Guatemala, porque allí les pagan mejores precios, y el gobierno no los agobia y los comercializadores de café de San Pedro Sula deben competir con los de afuera, es una obligación de mercado. De lo contrario, deben buscar otra cosa que hacer. Porque así es la cosa de la economía.
Aquí no hay democracia –en una maestría en que sirvo clases, ninguno ha leído a Montaigne– y tampoco una economía capitalista (no me atrevo a preguntar cuántos conocen a Smith, David Ricardo o Keynes) por lo que pasan por alto que las motivaciones de los empresarios que producen, es para formar capital y aumentar su influencia en los mercados. Hay que reordenar la economía para recuperar la lógica del desarrollo en la que el bienestar de unos no sea el fruto de la explotación de los demás. Los agricultores, los productores de leche y los caficultores deben recibir un justo precio que, además de la ganancia, les permita capitalizarse. Nadie produce ni trabaja por razones morales como creía el Che Guevara en sus planes por crear un “hombre nuevo” que no lo motivaran los objetivos individuales. Todos buscamos ganar. Si queremos que trabajen más las tierras, démosles libertad para concurrir a los mercados que quieran, para que logren precios justos. El patrioterismo es una treta para estúpidos. Los empresarios del agro, hace tiempo, dejaron de serlo.
