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Los productores no son tontos

  • Actualizado: 09 agosto 2017 /

“Los que cultivan la tierra no lo hacen para que les celebren lo bonitas que tienen sus siembras, sino que buscan ganancias para ellos y sus familiares”.2

Parecemos un “país” con un pueblo “educado” para el engaño. Dentro de un individualismo cerril, han convencido a los pobres que ellos son los responsables de sus dolores y sufrimientos. Y que, en consecuencia, para salir adelante, antes que el trabajo productivo, el ahorro disciplinado y la austeridad para acumular riqueza, hay que buscar el caudillo que les haga favores, les lleve a votar y se aproveche de su trabajo. Por ello es que no se ha podido crear una economía capitalista –son tan hipócritas que, en vez de capitalistas o empresarios, hablan de emprendedores – con un mercado libre en donde los concurrentes con sus productos compiten con sus colegas, ofreciéndole al público calidad y buen precio para que, de esta forma, los consumidores se beneficien y premien a los mejores. Estas ideas son tabúes. Cuando quisieron engañar a los productores en la década de los cincuenta del siglo pasado, hondureños y extranjeros, con maestrías y doctorados en desarrollo, se inventaron la teoría que los agricultores debían sacrificarse vendiendo barato sus productos a las ciudades, para que los empresarios fabriles pudieran operar con salarios bajos. Y que a cambio los trabajadores no reclamarían sueldos altos, porque comprarían barato los productos alimentarios en los mercados de la ciudad.

Todavía ahora es noticia negativa cuando los precios de los bienes agrícolas aumentan. Estamos acostumbrados a explotar a los productores de la misma manera como algunos políticos explotan a los más tontos del electorado, convenciéndoles que ellos son los salvadores. Y que las cosas estarían peores si ellos dejaran el poder.

Como ocurre casi todos los años cuando hay buenas cosechas –y este aparentemente será un ciclo bueno– los que viven de los agricultores se quejan que estos producen para vender en El Salvador, Nicaragua y Guatemala, cuando solo deben hacerlo entre hondureños. Una cosa es la nacionalidad y el compromiso que tiene como característica la mutua reciprocidad y otra, muy diferente, la manipulación patriotera. Los agricultores venden sus productos a los que les paguen mejor. Si en El Salvador –una bendición que Dios nos ha puesto un pedazo de Estados Unidos al lado nuestro – pagan mejor por nuestro maíz, allá debe venderse. Y nadie debe crear obstáculos porque el que quiere celeste, que le cueste.

Muchos pueden pensar que esto es puro cinismo. No.

Es realismo. Las “limas”, los machetes, los fertilizantes, los costales, las semillas y las tasas de intereses que pagan por el dinero invertido, tienen un precio que guarda cierta lógica con lo que cuesta producirlos y la ganancia que quien invierte y corre riesgos busca conseguir. De la misma forma, los que cultivan la tierra no lo hacen para que les celebren lo bonitas que tienen sus siembras, sino que buscan ganancias para ellos y sus familiares. Si los caficultores quieren vender en Guatemala, porque allí les pagan mejores precios, y el gobierno no los agobia y los comercializadores de café de San Pedro Sula deben competir con los de afuera, es una obligación de mercado. De lo contrario, deben buscar otra cosa que hacer. Porque así es la cosa de la economía.

Aquí no hay democracia –en una maestría en que sirvo clases, ninguno ha leído a Montaigne– y tampoco una economía capitalista (no me atrevo a preguntar cuántos conocen a Smith, David Ricardo o Keynes) por lo que pasan por alto que las motivaciones de los empresarios que producen, es para formar capital y aumentar su influencia en los mercados. Hay que reordenar la economía para recuperar la lógica del desarrollo en la que el bienestar de unos no sea el fruto de la explotación de los demás. Los agricultores, los productores de leche y los caficultores deben recibir un justo precio que, además de la ganancia, les permita capitalizarse. Nadie produce ni trabaja por razones morales como creía el Che Guevara en sus planes por crear un “hombre nuevo” que no lo motivaran los objetivos individuales. Todos buscamos ganar. Si queremos que trabajen más las tierras, démosles libertad para concurrir a los mercados que quieran, para que logren precios justos. El patrioterismo es una treta para estúpidos. Los empresarios del agro, hace tiempo, dejaron de serlo.