24/10/2026
12:00 AM

A Zelaya, ¿hay que tomarlo en serio?

Juan Ramón Martínez

Al expresidente Zelaya, el tiempo le pasa factura. Es un producto viejo que va siendo inútil, innecesario o superado por otros de mejor calidad. Como el jabón de cebo, de “pelota” del pasado. Por ello, su capacidad de convocatoria se reduce. Y al que, poca gente seria le presta atención. Ni siquiera en sus predicciones apocalípticas, como su anuncio que el próximo 27 de enero, fecha de su cuarta derrota consecutiva, paralizará al país y provocará la caída de JOH.

La última muestra es que, no pudo llenar siquiera una cancha de futbolito en la Kennedy, donde citó a los coordinadores de sus comandos revolucionarios. No llegaron más de 100 personas. Incluyendo los mirones, los periodistas y los agentes de inteligencia de los aparatos de seguridad del Estado.

Muchos ríen de sus profecías. Otros están preocupados. Y en teoría, –como lo indican los estrategas políticos– es un error menospreciar al adversario porque se baja la guardia y cuando viene el lobo, al final, nadie está preparado para impedir los daños a las ovejas. Pero, exagerar preocupaciones para enfrentar a un bocón es un desperdicio, por lo que de repente, siguiendo a Aristóteles, lo mejor es el justo medio. Como dice nuestro pueblo, hay que dormir con un ojo abierto para responder enérgicamente.

Antes que Zelaya, ni siquiera en literatura habíamos visto anunciar las cosas, salvo que se quiera no hacerlas; o buscará que alguien le diga que no, parecido a lo que ocurriera con Santiago Nassar –personaje de Crónica de una muerte anunciada de García Márquez– presunto responsable por la pérdida de la virginidad de la mujer rechazada el día de su boda, al que sus hermanos anuncian públicamente que le matarán buscando que alguien les llamara la atención calmándoles sus furias asesinas, y nadie les dijo nada porque a nadie le importaba. O como insinuara el novelista para que la fatalidad impusiera sus designios.

En efecto, nadie le dice a Zelaya Rosales que desista de algo que, además de difícil, constituye un delito anunciarlo siquiera porque implica voluntad de alterar el orden público. Más bien pareciera que al no prestarle atención (incluso los medios de comunicación cada día le oyen menos, con la excepción de los suyos propios o de los que, por diversas razones, están incómodos con la situación política actual) esperaran que cansado y aburrido de andar en la calle, termine refugiándose en una hamaca a recordar sus buenos tiempos y sus escasos éxitos en una sociedad que nunca lo ha tomado en serio.

Fidel Castro, después de la acción del 26 de julio de 1953 en contra del Cuartel Moncada, anunció la invasión a Cuba. Por ello, las fuerzas de Batista estuvieron a punto de destruir su iniciativa en la que solo pudo sobrevivir gracias a su genio innovador y al apoyo de una red urbana y rural que les prestó auxilio en los momentos difíciles. Pero Zelaya, en cambio, no tiene en sus antecedentes prueba de valentía, fuera de la capacidad para llamar la atención, jugar a la víctima y explotar el desprestigio de Honduras internacionalmente. En su pasado no hay nada exitoso. Incluso los hechos del 29 de junio de 2009 muestran su incapacidad para leer la realidad; anticipar el comportamiento del sistema amenazado y la oposición del contexto de entonces con respecto al continuismo en el instante en que Chávez está en la cumbre de su poderío, con los precios internacionales del petróleo en alza. Y con mucho dinero para apoyar a los Gobiernos satélites, como era Honduras.

Zelaya ha perdido la capacidad de convocar, sino a un pequeñísimo grupo de intelectuales que no diferencian lo que es la revuelta callejera, el malestar en contra de las medidas del Gobierno y los efectos de la crisis económica, de una acción revolucionaria.

En contraste, tampoco inquieta a los órganos de seguridad que le ven con sorna y cierta voluntad de animarlo para que se hunda en el ridículo y termine su carrera, con lo que el país, sin duda, encontrará una nueva ruta. Solo que el Partido Nacional, buscará otro espantapájaros, para que sus fuerzas se mantengan unidas.

Crónica de una muerte anunciada