31/12/2025
12:15 AM

Los premios

Ya se ha convertido en una tradición, una especie de feria anual que reparte premios por doquier y alaba a los periodistas como si en verdad fueran un “cuarto poder”. El mes de mayo, tiempo en que se celebra el día dedicado a los trabajadores de la prensa, está lleno de festividades y ceremonias: premios en Casa Presidencial, en el Congreso Nacional, en la Corte Suprema de Justicia, en los centros académicos, en las organizaciones gremiales, en las municipalidades más grandes y también - ¡cómo no!- en las alcaldías más remotas y hasta en los patronatos más insignificantes.

Dicen que la calidad de los premios depende más del jurado que los otorga que de quienes los reciben. Son los jueces que los asignan los que le dan el valor, la importancia y el honor que, se supone, debe conllevar un premio. No son los premiados, aunque, en algunos casos, sean personas que realmente merecen el reconocimiento y aplauso generales. Si los jueces no tienen la calidad esperada, ni el conocimiento ni la prestancia debida, sus decisiones tampoco tendrán la solidez suficiente y el contenido necesario para honrar al favorecido. El reparto se vuelve recompensa y los jurados, en su mayoría, se convierten en cómplices de la cooptación y halago oportunista hacia los premiados. Y si, además, el galardonado tampoco reúne los requisitos básicos para ser merecedor del premio, entonces el círculo se cierra y el binomio se estrecha. Jurados incompetentes y favorecidos indecentes, desprestigian los premios y degradan su posible valor.

La proliferación de premios desgasta su significado y, a la larga, desnaturaliza su esencia. Son tantas las preseas que alcanzan para todos, o casi todos, sin hacer mucha diferencia entre el periodista honesto que cumple con su labor, atento siempre a las reglas de un oficio tan delicado como estimulante, y el otro, el que se vende y fija tarifas por sus reportajes u opiniones, el que desprestigia y enturbia profesión tan clave para la sana convivencia social.

Ahora que ha pasado el mes de mayo y se apagan lentamente los fastos de las fiestas y el jolgorio de la prensa premiada, leo con curiosidad de bibliotecario y cierta malicia académica la larga lista de periodistas que recibían pagos en la nómina del Instituto Nacional de Pensiones y Jubilaciones de los Empleados Públicos (Injupem), una institución que está sometida hoy a un minucioso registro de sus manejos financieros, como parte indirecta de los ajustes de cuentas internos en el partido de gobierno. Decenas de reales o supuestos hombres de prensa, la mayoría de los cuales son verdaderos desconocidos, aparecen en esta lista de la ignominia, que pone al descubierto la tramposa generosidad con que los funcionarios de esa entidad disponían de dineros ajenos y mostraban su condición de “colegas espléndidos” a costa de recursos que debían administrar con probidad y esmero.

Por esa vía, la de la compra directa de voluntades y simpatías, los gobiernos, a través de sus diferentes dependencias y oficinas, van creando la llamada “prensa amiga”, dócil y obsecuente, acrítica, incolora e inodora, que, para colmo, suele refugiarse en un “periodismo del silencio”, que vende lo que calla y cobra por lo que dice, cuando no se atrinchera en el “periodismo de alcantarilla”, ámbito apropiado para que personas amargadas y cargadas de complejos den rienda suelta a su malévola imaginación y a su amargura constante. La calumnia, el chisme resobado, la insinuación perversa y el chistecito forzado, carente de humor del bueno y rebosante de grosería penca, se convierten en las armas preferidas de esos personajes que, víctimas del mal de Hibris, desprestigian al periodismo sano y envenenan su caudal.

Enrique de la Osa, un viejo maestro del periodismo cubano de la época de la vieja revista Bohemia, solía decir lo siguiente: “El buen periodista debe tener olfato, sagacidad y audacia; olfato para saber dónde está la noticia, sagacidad para obtenerla y audacia para publicarla”. Aunque solo fuera con estos tres atributos, cuánto bien le haría al país un reciclaje ético en ciertos medios de comunicación. No hay duda que sí.