No sé cuántos habrán sido burlados por la lluvia de estrellas “del siglo” anunciada con bombos y platillos por la Nasa hace un par de fines de semana. Quiero confesar públicamente que –de nuevo- yo fui uno de ellos.
Como aficionado a la astronomía y, especialmente a esos espectáculos celestes que se dan “una vez en la vida”, la aguardé con ansias y, otra vez, fui decepcionado por los expertos, al igual que millones de personas.
Las condiciones para ver esta lluvia de estrellas fueron las mejores que jamás ha habido en Honduras. El cielo estaba milagrosamente despejado, la gruesa y engorrosa capa de bruma que durante meses abatió nuestras ciudades desapareció como por milagro.
Aunque a veces odiamos a la Enee por los constantes apagones, esta vez más bien le agradecí cuando se fue la luz. Las estrellas eran visibles con toda claridad.
¿Qué más puedo decir? No había tiroteos en los alrededores, ninguna mujer gritaba con voz desgarradora “auxilio, me asaltan!”, no había sirenas o alarmas que rompieran el impresionante silencio de la noche, ningún perro ladraba advirtiendo a sus amos de la posible presencia de ladrones o merodeadores, todo estaba perfecto… ni siquiera había ¡zancudos!
Nunca se han presentado mejores condiciones, lo único que no se presentó fue la tan anunciada lluvia de estrellas.
Una nueva tomadura de pelo, los expertos fallaron de nuevo.
Hace unos meses las noticias internacionales nos informaron sobre un moderno edificio recién inaugurado en Londres. La ciudad entera, el mundo entero quedó impresionado con el espectacular diseño cóncavo de sus paredes de vidrio.
Un arquitecto genial –la madre de todos los arquitectos- lució sonriente cuando cortaron la cinta inaugurándolo. No muchos minutos después todos tuvieron que salir huyendo ya que, cuando el sol pegó en cierto ángulo en sus paredes curvas, el efecto de espejo hizo que las llantas de los vehículos empezaran a tomar fuego, el asfalto a derretirse y que todo aquel que mirara aunque fuera de reojo la cegadora luz estuviera en riesgo de perder la vista.
Ese genio de la arquitectura previó todo, excepto al sol. El gasto para cambiar los vidrios de todo el edificio tiene que haber sido monstruoso. No estoy seguro si se lo cobraron a él, pero lo tenía merecido, ¿sabe por qué? No muchos meses antes otro edificio suyo, esta vez en Las Vegas, había tenido el mismo problema.
El hombre sabía lo que iba a pasar y no se lo dijo a nadie... ¡para matarlo!
Ya he contado aquí sobre el nuevo aeropuerto de Berlín, el cual no ha podido ser inaugurado debido a catastróficos errores de diseño. Es increíble que cosas así sucedan en Alemania, pero nadie sabe dónde ni cómo se apagan las luces de la pista, las cuales permanecen encendidas noche y día.
Las escaleras mecánicas de la terminal no tienen la altura precisa para llegar de un nivel al otro. Los sistemas apaga-incendios de emergencia no pueden ser activados nadie sabe por qué y hasta los más de diez mil arbolitos que plantaron para decorar todo el complejo fueron de la especie equivocada y ahora crecen salvajes por todas partes.
Todos hemos visto una y otra vez cómo expertos en economía, finanzas e ingeniería nos avasallan a nosotros, humildes mortales, con su enorme conocimiento y lucidez.
También los hemos visto después, cuando sus proyectos fallan, mientras dan complicadas excusas y tratan de hacer cargar a otros con la culpa.
Esa lluvia de estrellas que no llegó debe recordarnos -de nuevo- que los genios también fallan.
