La guerra declarada por el presidente Trump y por Benjamín Netanyahu en contra de Irán es a todas luces ilegal. Los resultados obtenidos hasta el momento en que escribo son desalentadores para los objetivos de los Estados Unidos y de Israel porque, a pesar de que Trump pensaba que el pueblo iraní estaba volcado en contra de su gobierno, la agresión trajo una impensable consecuencia: cohesionó a los persas en torno a su dirigencia política.
El ataque inicial sorpresivo, por tanto, se produce cuando los Estados Unidos e Irán se encontraban negociando. Los acontecimientos se han desarrollado en contra de los objetivos que tanto Netanyahu como Trump habían propuesto lograr en un par de días: destruir al gobierno iraní, llevarlo a la rendición total y desbaratar el programa nuclear pacífico.
La arremetida del primer día de las hostilidades no amilanó a los persas, a pesar de que los Estados Unidos e Israel atacaron con furia, de tal manera que condujeron al asesinato del Ayatola Jameini, líder supremo de la revolución, y a la mayoría de la cúpula militar, y la muerte por un misil de 178 niñas en una escuela.
Los iraníes respondieron prontamente de manera intensiva con el inicio de oleadas de misiles balísticos y drones avanzados contra las instalaciones militares de los Estados Unidos en el Medio Oriente, situadas en los países del Golfo Pérsico y las instalaciones militares y de inteligencia en el territorio israelí. Van por la sexta semana de hostilidades, y a pesar de las exigencias de Trump para que los iraníes capitulen, so pena de enviarlos a la destrucción total, a devolverlos a la Edad de Piedra, como ha proclamado Trump, no se ven señales de que los iraníes estén por rendirse.
Los europeos han negado la colaboración porque consideran que la guerra es ilegal, no provocada y sin justificación alguna; además, las intenciones expresadas por Trump de demoler las estructuras de los servicios civiles (centrales eléctricas, puentes, desalinizadoras) constituye un delito, según las normas de la guerra. Uno de los grandes riesgos que puede ocurrir es que tanto Israel como los Estados Unidos bombardeen las instalaciones civiles nucleares porque eso conduciría a un genocidio, pues se vería afectada la población de los Estados occidentales del Golfo Pérsico por la lluvia radioactiva que se difundirá en esa dirección llevada por el viento.
Amenazar a un pueblo con destruirlo totalmente, confesar que es divertido atacar a Irán, intentar secuestrar el uranio que se guarda en las centrales atómicas, bombardear universidades y centros de población civil, asesinar a los dirigentes del Estado de Irán, amenazar con destruir al país hasta llevarlo a la Edad de Piedra, confesar el envío de armas a la oposición son expresiones que traerán consecuencias legales al presidente Trump.
El mismo Trump habla de negociaciones para superar el problema porque es seguro que, de acuerdo con como se han desarrollado los acontecimientos, en los que Irán demuestra que tiene capacidad suficiente para resistir y atacar, considera como un desacierto invadir el país que tiene una inmensa extensión y presenta en su territorio accidentes geográficos que dificultarían las acciones militares, pero también porque el Ejército iraní ha logrado reclutar una cantidad superior al millón de personas decididas, porque su credo religioso pide entregar su vida en defensa de su fe y su patria.
No imagino que cuando este artículo salga a la luz pública el presidente Trump haya tomado la nefasta decisión de destrozar a Irán. Eso indudablemente traerá graves consecuencias que deben evitarse. Se oyen algunas voces por la paz justa y duradera y no basada en la humillación y capitulación total, irrespetando los derechos inalienables del pueblo iraní.
Escuché que los dirigentes de los Brics intentan presentar una propuesta aceptable para todos, pero indudablemente una saludable solución es permitir que el pueblo iraní se desarrolle en paz sin temores a una nueva y sangrienta agresión.
Nosotros, los hondureños, sufrimos las consecuencias de una guerra en la que no participamos, con el desmesurado incremento a los combustibles, que crearán una racha inflacionaria imparable.
El Gobierno llama a que ahorremos, pero ellos deben plantarse ante Trump y pedirle el cese de las hostilidades o llamar a la Celac a sumarse a los intentos por generar la paz.