Ligeros de equipaje

La cercanía de la muerte invita a replantear las preocupaciones cotidianas y a vivir con mayor ligereza, como recordaban el poeta Antonio Machado y, más recientemente, Papa Francisco en sus reflexiones sobre el desapego y la felicidad.

  • Actualizado: 17 de febrero de 2026 a las 23:50 -

En cuestión de tres días, un buen amigo y la mamá de tres amigos muy cercanos se nos han marchado al cielo. Y, ante la realidad de la muerte, es difícil no reflexionar sobre lo relativas que resultan las múltiples preocupaciones que nos asaltan, de día y de noche, y que tantas veces nos hacen perder la paz y el sueño. Cierto que todos tenemos responsabilidades que cumplir, tareas encomendadas, cuentas que rendir, que nos mantienen con unos niveles de tensión no siempre saludables, y que estamos obligados a atender.

El trabajo, la familia, el contexto social son fuentes inagotables de inquietud. Los hondureños vivimos recientemente unos meses plenos de incertidumbre que nos mantuvieron en permanente vigilia. Al final, el panorama se despejó y respiramos aliviados, y todo lo sufrido acabó, como tantas veces en la vida, convertido en anécdota. Pero, como individuos y como colectividad, no faltarán nuevas ocasiones para la zozobra y nuevas oportunidades para la esperanza.

En días como estos, en los que he tenido que dar pésames y abrazos, no puedo dejar de pensar en aquella sentencia que señala que la existencia humana es una cadena de dolores y de gozos, y que hay que saber enfrentar con elegancia y con reciedumbre tanto los días soleados como los nublados, fríos y lluviosos.

Puede parecer poco realista, pero estoy convencido de que un componente indispensable de eso a lo que llamamos felicidad es transitar por esta vida, como dijera el poeta Antonio Machado y cantara Joan Manuel Serrat, ligeros de equipaje. Mientras más arrastramos pesos muertos, mientras más nos complicamos la existencia, mientras más despreciamos las cosas sencillas y nos apegamos a lo aparatoso, peor la pasamos.

Hay que tener cuidado, para el caso, con la imaginación. Teresa de Ávila decía que era “la loca de la casa”, pero muchas veces le hacemos caso. La experiencia nos demuestra que la mayoría de los temores que padecemos resultan infundados, y que muchos miedos terminan por convertirse en carcajadas. También estoy convencido de que descomplicarse la existencia es una exigencia para la serenidad personal. Esas cabezas barrocas, que se la pasan “filosofando” en el peor sentido del término, solo encuentran sufrimiento, y, además, hacen sufrir a los que con ellas conviven.

Dice un buen amigo mío que la vida “hay que tomarla con soda”, dejarla que burbujee y que nos haga cosquillas, en la garganta y más allá. Al final, como decía el Papa Francisco, nunca se ha visto un carro de mudanzas detrás de un funeral. A botar cargas pues, y a dedicarnos a ser felices.

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