Libertad

Una reflexión sobre el verdadero significado de la libertad y cómo su uso excesivo ha desgastado su sentido original

  • Actualizado: 14 de abril de 2026 a las 23:50 -

Las palabras, como otras cosas en la vida, cuando se usan mucho se desgastan. Y ese desgaste las lleva a perder su brillo original, a lucir “desteñidas” u opacas. Cuando se abusa de un término, este corre el riesgo de vaciarse de significado o sufrir una mutación semántica que le resta fuerza y reduce su impacto original.

Ha sucedido eso con términos como verdad o como belleza, pero, sin duda, si hay uno con el que se ha jugado, muchas veces de mala manera, ese se denomina libertad.

En repetidas ocasiones he preguntado a distintos grupos qué les viene a la cabeza cuando escuchan esa palabra. Nunca ha habido unanimidad, pero, en general, las personas relacionan libertad con la posibilidad de hacer lo que se venga en gana, satisfacer los propios caprichos, ir a donde se apetezca, decir cualquier cosa que se antoje, carecer de ataduras, romper amarras.

Y, de alguna manera, cada una de estas ideas algo tienen que ver con ser libres, porque eso que se llama “libertad fundamental” nos permite realizar o dejar de realizar una acción, decir sí o no ante cualquier ofrecimiento. Pero, evidentemente, esa es una libertad básica, a ras de suelo.

Un nivel mayor de libertad, lo que algunos autores llaman “libertad de arbitrio”, consiste en saber elegir entre varias opciones. Entonces se delibera, se hace uso, idealmente, de la virtud de la prudencia, y se elige la que se considera la mejor opción. Puede uno equivocarse y hacer una elección errónea, con sus correspondientes consecuencias, pero eso es, justamente, parte de los riesgos que se asumen cuando se hace uso de la libertad.

Sin embargo, se puede afirmar que el ejercicio pleno de la libertad se conquista cuando, entre todas las posibles opciones, se elige la mejor, y esta está siempre relacionada con el bien objetivo. Es decir, se es verdaderamente libre cuando se escoge hacer lo bueno, lo que nos eleva en la escala hominal, lo que también resulta bueno, objetivamente bueno, insisto, para la gente con la que interactuamos cotidianamente.

Así, se es realmente libre cuando se elige decir la verdad y no mentir, cuando se opta por ser solidario y no egoísta, cuando se elige la humildad por sobre la vanidad o la soberbia, cuando batalla contra la pereza y se impone la laboriosidad, cuando se decide cumplir con el deber y no se ponen excusas. La libertad auténtica nos obliga al ejercicio de las virtudes humanas. Por esto ese es un tema inagotable, del que nunca hay que cansarse ni aburrirse de hablar, aunque suene a monomanía u obsesión personal.

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