En estos días se ha decretado que la Biblia debe leerse de forma obligatoria en las escuelas. No escribo estas líneas para atacar la decisión ni para generar división. Escribo como creyente y como ciudadano que ha vivido muchos años dentro de la fe cristiana.Y me hago una pregunta sencilla: ¿puede una ley producir fe? ¿puede la obligación formar valores? La misma Biblia nos da una pista.
En Apocalipsis 3:20 se dice: “Estoy a la puerta y llamo”. No fuerza la entrada. No impone. Llama y espera que alguien abra. La fe, según el mensaje cristiano, es una respuesta libre. También leemos en 2 Corintios 3:17: “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”. La libertad no es algo secundario en el cristianismo; es parte de su esencia. Cuando algo espiritual se vuelve obligatorio, puede perder su sentido.He visto personas orar en actos públicos y políticos con mucha emoción. Pero a veces esa oración termina exaltando más a una persona o a un proyecto que a Dios. Mucha expresión externa, poca transformación interna. No soy quién para juzgar a nadie. La misma Biblia dice: “¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?” (Mateo 7:3). Esa advertencia también es para mí. La experiencia enseña algo claro: leer un texto no garantiza valores; repetir palabras no forma carácter; una ley no produce conversión. Los valores nacen del ejemplo: padres honestos, maestros coherentes y autoridades que practiquen lo que predican.
No estoy en contra de que se lea la Biblia. Quien quiera estudiarla y vivirla, que lo haga con libertad. Lo que invito a reflexionar es si la fe puede convertirse en una obligación del Estado. No cuestiono la lectura de la Biblia; cuestiono la idea de que la virtud pueda imponerse por vez el desafío no es que los niños lean la Biblia, sino que los adultos la vivamos. El Reino del que habla Jesús no se establece por decreto, sino por convicción. Leer informa. Creer transforma. Vivir con coherencia construye una nación. La fe nace del corazón, no de un decreto.