La propuesta en el Congreso Nacional de permitir la lectura de la Biblia en las escuelas ha suscitado reacciones polarizadas. Algunos celebran la iniciativa, mientras otros la rechazan alegando que atenta contra el carácter laico del Estado. Pero quizás, el problema subyace en una confusión conceptual persistente entre lo que es un Estado laico y un Estado laicista. Un Estado laico es aquel que no adopta una religión oficial ni impone una confesión determinada a sus ciudadanos. Garantiza la libertad religiosa, protege la conciencia individual y reconoce la pluralidad de creencias presentes en la sociedad.
La laicidad, bien entendida, es un marco de convivencia, no una ideología. El laicismo, en cambio, va más lejos: no se conforma con separar Iglesia y Estado, sino que pretende expulsar lo religioso del espacio público, como si la fe fuera una amenaza para la democracia o un resto incómodo del pasado. Esta distinción no es menor. Honduras, aunque jurídicamente no sea un Estado confesional, es innegablemente una nación marcada por la tradición cristiana. No solo en sus fiestas o símbolos, sino en su manera de comprender la dignidad humana, la solidaridad, el valor de la vida, la justicia social, el perdón y la responsabilidad moral. Estos valores, hoy llamados “universales”, no surgieron en el vacío.
Se gestaron y transmitieron durante más de dos mil años bajo la influencia decisiva del cristianismo, que dio forma a nuestra cultura occidental. Paradójicamente, en nombre de una supuesta neutralidad, esos valores han ido siendo erosionados por una lectura reduccionista de la laicidad. Se confunde la legítima separación entre religión y poder político con una exclusión sistemática de toda referencia ética de raíz religiosa. El resultado es una sociedad cada vez más huérfana de referentes, donde se defiende la tolerancia, pero se sospecha de la fe; se proclama la libertad, pero se desconfía de la conciencia.
En este contexto, la propuesta de leer la Sagrada Escritura en las escuelas ha sido presentada, por sus detractores, como un intento de adoctrinamiento. Sin embargo, puede y debe entenderse desde otro horizonte: no como imposición de creencias, sino como acercamiento a un texto fundacional de nuestra cultura. La Biblia no es solo un libro religioso; es una fuente ética, literaria, histórica y antropológica de primer orden. Ignorarla no hace a la educación más neutral, sino más pobre.
Leer la Biblia en la escuela no significa obligar a creer, sino ofrecer herramientas para pensar. Significa exponer a las nuevas generaciones a relatos que interpelan la conciencia y plantean preguntas sobre el bien y el mal, la justicia y la injusticia, la responsabilidad personal y el cuidado del otro. Significa reconocer que la formación integral no se limita a competencias técnicas, sino que incluye la dimensión moral y espiritual.
Además, permitir este espacio no vulnera los derechos de las minorías religiosas ni de quienes no profesan ninguna fe. La laicidad auténtica no silencia a la mayoría para no incomodar a unos pocos; garantiza que todos puedan expresarse sin ser excluidos. En una sociedad plural, la convivencia no se construye borrando identidades, sino respetándolas. Honduras no necesita un Estado confesional, pero tampoco uno que reniegue de su propia alma.
Entre el confesionalismo y el laicismo ideológico existe un camino de equilibrio: un Estado laico, sí, pero culturalmente consciente, éticamente responsable y abierto a reconocer que los valores cristianos, lejos de ser una amenaza, han sido y pueden seguir siendo un bien para la vida común de los Hondureños.
Porque educar la conciencia no es adoctrinar; es preparar ciudadanos libres, críticos y profundamente humanos.