18/04/2024
01:14 AM

La última palabra

Henry A. Rodríguez

Desde hace siglos hemos venido construyendo una sociedad cuyo centro es el hombre, su comodidad, su conocimiento, su expectativa de vida, su salud, su bienestar, su placer (esto no es del todo malo porque somos imagen de Dios, y él quiere para nosotros una vida digna).

Pero cuando esto se construye excluyendo a Dios, entonces nos encerramos en nosotros mismos, reduciendo a Dios en el mejor de los casos a un “accesorio” que nos invita a ser “buena gente”, “gente de bien”, que no le hace mal a nadie, pero nada más.

Cuántas veces escuchamos por la calle “yo no voy a la iglesia, no soy tan devoto, pero no mato, no robo, no soy malo, etc., como si la vida humana se redujera a un simple buenísimo.

Hemos caído una y otra vez en la tentación de la serpiente que nos relata el libro del Génesis, si comen del fruto de este árbol seréis como dioses”, convirtiéndonos en nuestro propio ídolo, eso sí, un ídolo con pies de barro, por eso la pandemia nos ha desnudado, retándonos a referenciar la existencia nuevamente a Dios, porque a través del dolor hemos descubierto que no lo podemos todo, que no todo está en nuestras manos, y que la vida, la naturaleza y la historia han puesto en evidencia la impotencia humana.

De allí que la impotencia también puede convertirse en lugar de revelación de la fuerza de Dios porque allí donde el hombre no puede, Dios sí puede. Cobran así actualidad y vigencia las palabras de San Pablo en 2 Cor 12,9 “La fuerza se realiza en la debilidad”, y es que en la impotencia humana se hace visible la gloria divina, aun cuando esta experiencia no siempre la podamos percibir tan fácilmente.

Los efectos a corto o largo plazo, de esta tragedia tarde o temprano, pasarán como han pasado antes otros tragos amargos que el mundo ha tenido que vivir a lo largo de la historia.

Para los que tenemos fe, podemos confiar en el cuidado y la providencia de Dios, ya que a pesar de que estos tiempos parezcan tristes y dolorosos, Dios está con nosotros, y podemos repetir como San Pablo en su carta a los corintios, “Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados.

Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2 Cor 4,8). Si nos abandonamos a la fidelidad de Dios y confiamos en él, sabemos que aun cuando no tengamos todo bajo control, poseemos de manera misteriosa la certeza y la serenidad de que estamos en las manos de aquel que nos ha creado y nos ha salvado, porque solo cuando Dios ocupa su lugar en la vida y el mundo, entonces somos conscientes de que el mal y la tristeza no tienen la última palabra, la última palabra la tiene el Señor, por eso vivimos cada día una nueva oportunidad para abrirnos a la esperanza.