El derecho internacional no es un idealismo ingenuo ni una cortesía entre Estados civilizados. Es, ante todo, una tecnología de supervivencia para los países pequeños. Para la República de Honduras, un Estado sin una marina disuasiva, sin capacidad real de defensa aérea y con fuerzas armadas que jamás podrían resistir una agresión externa, la ley internacional no es un lujo académico. Es un escudo. Cuando ese escudo se resquebraja, no gana la justicia, gana el más fuerte.
Lo que estamos presenciando bajo el liderazgo de Donald Trump y Marco Rubio no es una política exterior errática, sino algo más profundo y peligroso. La conversión de las sanciones en un arma política desnuda, desligada de estándares legales, procesos multilaterales y principios de debido proceso. Estados Unidos ya no sanciona por violaciones claras y consensuadas del derecho internacional, sanciona a quien incomoda su narrativa.
Ahí están las sanciones contra Francesca Albanese, relatora especial de Naciones Unidas. Ahí están las presiones y castigos contra fiscales de la Corte Internacional de Justicia, contra jueces en Brasil, contra funcionarios europeos que intentan combatir la desinformación en línea. No se trata de criminales de guerra ni de redes de lavado comprobadas. Se trata de actores institucionales que cumplen funciones legítimas dentro del orden internacional existente.
Este giro es grave porque normaliza la idea de que el poder sustituye a la ley. El Tío Sam desplazándose por el mundo con el dólar, el sistema financiero y la fuerza militar para imponer castigos unilaterales sin procedimiento, sin tribunal y sin defensa. En ese mundo, Honduras no tiene ninguna ventaja. Ninguna.
La historia lo demuestra con brutal claridad. Cuando Estados Unidos decide actuar fuera del marco legal, no distingue entre grandes y pequeños. Lo hizo cuando bombardeó la ciudad de Guatemala en 1954. Lo hace hoy interceptando barcos y lanzando misiles en el Caribe bajo el pretexto de seguridad, sin pruebas públicas suficientes y sin autorización multilateral. Lo hace cuando amenaza con sanciones a países que regulan plataformas digitales porque esas regulaciones afectan intereses corporativos estadounidenses.
¿Quién nos garantiza que mañana no será Honduras?¿Quién impide que se confisquen barcos hondureños bajo una sospecha vaga?¿Quién asegura que una política pública legítima, sea ambiental, digital o financiera, no sea castigada por incomodar a una potencia?
La respuesta es incómoda pero clara. Solo la vigencia del derecho internacional.
Paradójicamente, mientras Estados Unidos dinamita las reglas que ayudó a construir tras 1945, China ha sido uno de los grandes beneficiarios de ese sistema. Desde su ingreso a la Organización Mundial del Comercio, China utilizó las reglas del comercio multilateral para crecer, industrializarse y proyectar poder económico. No lo hizo bombardeando el sistema, sino explotándolo con disciplina estratégica. Hoy, cuando Washington percibe que ese mismo sistema permitió el ascenso de otros a costa de su hegemonía relativa, parece decidido a incendiarlo.
Ese impulso es comprensible desde una lógica imperial, pero es suicida desde una lógica global.
Un mundo donde el comercio, la seguridad y la información se rigen por la fuerza bruta es un mundo donde los países pequeños vuelven a ser territorios disponibles. Donde las normas se aplican solo a los débiles y se suspenden para los fuertes. Donde la diplomacia se reduce a obediencia.
Honduras no puede permitirse ese escenario. Nuestra historia, marcada por intervenciones, enclaves, bases militares y presiones externas, debería hacernos especialmente conscientes de ello. Defender la ley internacional no significa alinearse con ningún bloque, significa defender la única arquitectura que limita el abuso del poder.
Por eso, Honduras debe levantar la voz en cada foro, en cada votación, en cada organismo multilateral. No por romanticismo jurídico, sino por realismo estratégico. El derecho internacional es imperfecto, sí, pero su erosión no nos beneficia, nos deja desnudos.
Cuando el mundo se rige por reglas, los pequeños pueden respirar.
Cuando se rige por la fuerza solo sobreviven los imperios.
Y Honduras, guste o no, no es un imperio.