La familia, el primer grupo social de toda sociedad en todos los tiempos y en cualquier lugar. De acuerdo con la Declaración de los Derechos Humanos, es el principal núcleo y debe ser apoyado por el Estado. La familia está conformada por padres e hijos y es un deber de los progenitores brindarles todo tipo de apoyo mientras sean hijos de su dominio. Durante generaciones, la familia vivió unida y era normal que los hijos estuvieran en casa aun siendo mayores de edad o que al casarse se quedaran en el mismo pueblo o ciudad.
Existía ese ambiente de unión familiar entre nietos, hijos, padres y abuelos, pero esa armonía fue desapareciendo con el flujo de emigraciones, especialmente de jóvenes, y aumentando aceleradamente, al comienzo de varones y posteriormente de mujeres y últimamente hasta niños de los pueblos pobres del mundo, que al no haber condiciones apropiadas para su superación, como la educación, salud, empleo y seguridad, han tenido que abandonar su familia y su país.
Con Trump o sin él, los pueblos latinoamericanos han sido expulsores de emigrantes, especialmente en la búsqueda del “sueño americano”, y en las últimas décadas para Europa, en especial para España e Italia, y son personas que nunca volverán a su terruño, familia que se “pierde” para siempre.
Honduras es una nación de familias desintegradas, pues de 10.3 millones de habitantes es extraño aquel que no tiene un pariente en el extranjero, llegando al extremo de que la principal entrada de divisas son las remesas familiares, que sobrepasan los 10,000 millones de dólares al año.
En este año 2025 urge que la mandataria Xiomara Castro dedique un momento de reflexión sobre por qué la familia hondureña se encuentra tan dividida y en extrema pobreza en un país llamado Honduras.