El agua es como los alfileres. Nos damos cuenta de que faltan cuando no los tenemos. La crisis del agua no tiene precedentes inmediatos. Por la popularidad de las redes sociales, nos enteramos de los efectos que tiene la postergación de las lluvias: pérdida de cosechas en el “Canal Seco”, muerte de vacunos en Choluteca y Olanchito y efectos en la salud de los más desamparados. Y, como no hay control de calidad, la verdad casi siempre es derrotada por la mentira, que se ha convertido en una virtud cardinal en quienes de “periodistas” saltaron a “creadores” de contenidos.
Por eso, la mayoría duda si lo que se dice es verdad, incluso lo que publican los periódicos y las redes televisivas de alguna fama y credibilidad probada. Decir que han muerto 400 cabezas de ganado en el sur no ha hecho parpadear al mentiroso. Y, como una desgracia siempre llega acompañada, al lado de los mentirosos y los escandalosos hay una marcha larga de crédulos; como ante un grupo de estafadores, hay “ambiciosos” que se ofrecen para que hagan con ellos lo que quieran hacer.
Pero esconden muchas verdades. El daño es global. Por una deformación mental que afecta a todos, las mayorías no quieren recordar. Sin espíritu crítico, ignoran lo que hicimos bien en el pasado y los errores cometidos, o las cosas que se han dejado de hacer. Por ejemplo, hemos olvidado -en una amnesia preocupante- que vivimos en el trópico; que las corrientes marítimas afectan el clima y que, junto a los huracanes y las lluvias interminables, también tenemos períodos secos que han provocado hambre general. Y muchos han muerto.
En las escuelas y en las universidades enseñan poca historia. Se confunde con la ideología y el culto a la personalidad de los caudillos. No hay revisión de las exageraciones de Bartolomé de las Casas -un exquisito “mentiroso” por razones piadosas-, las cifras de Newson en los “Costos de la Conquista” y muy poca revisión e investigación de los “cultivos asociados” o en terraza de comunidades indígenas, sistemas de regadío durante la colonia y el período republicano. Ningún análisis de los errores cometidos y de las imprevisiones que han hecho que, desde 1950, no se haya construido un nuevo distrito de riego para que la agricultura y la ganadería no dependan de las lluvias caprichosas que ni los meteorólogos experimentados pueden anticipar.
Además del olvido, hay una idea equivocada del tiempo. Creen que las cosas se arreglarán por ellas mismas. Crecí en las plantaciones bananeras que dependían del control del agua. Había sistemas de irrigación: por gravedad y presión automática. Mientras era escolar, conocí con sorpresa la “acequia” que salía del río Uchapa hasta la finca “Marengo”, gracias a la que, mientras el verano apretaba, el agua mantenía verdes los pastizales donde se alimentaban las vacas tranquilas.
Estas cosas no interesan. Somos Ulises borrachos. El olvido es una forma de ser menos, más cómoda y más irresponsable, pero que nos vuelve ínfimos como personas. La idea de los reservorios la han promovido varios gobiernos. Además, fomentaron en su oportunidad -aunque sin seguimiento- la construcción de silos para crear reservas de alimentos para los tiempos de las “vacas flacas”.
Nos hacemos los tontos. Me cuentan que en Olanchito, en el gobierno de JOH, les dieron a los ganaderos equipos mínimos para regadío “por goteo” y que la mayoría vendieron las mangueras o las tienen abandonadas. Ignoramos cuántas lagunas se crearon y cuántas se mantienen operativas.
Ahora queda el lamento y el refugio natural: la dependencia. Porque quienes no prevén pierden la libertad y el control de sus vidas. Nunca vuelven a Ítaca.