Hay expresiones que parecen triviales hasta que uno descubre lo que revelan. “Farmear aura” es una de ellas. Nacida del lenguaje de los videojuegos, donde farmear significa repetir acciones para acumular recursos o experiencia, la expresión se aplica ahora a quien realiza gestos, poses o actuaciones destinadas a “ganar aura”: carisma, presencia, prestigio social.
En las últimas semanas, el fenómeno ha saltado de TikTok y otras plataformas a plazas, colegios, universidades y encuentros juveniles del mundo, incluido Honduras. Lo digital ya no imita la realidad: comienza a dictarle sus gestos.
Sería fácil reírse. Algunos vídeos parecen deliberadamente absurdos, exagerados o ridículos. Pero reducir todo a una extravagancia generacional sería perder lo esencial. La pregunta interesante no es qué hacen esos jóvenes, sino qué necesidad intentan satisfacer cuando lo hacen.
La psicología del desarrollo recuerda que la adolescencia y la juventud son etapas decisivas para construir identidad. Una revisión sistemática publicada en 2025 por la Universidad de Groningen, en los Países Bajos, basada en 32 estudios y casi 20,000 adolescentes y jóvenes, encontró que la autenticidad en redes se relaciona con una mayor claridad del auto concepto, mientras que la comparación social y ciertas formas de presentación idealizada pueden acompañarse de mayor malestar e incertidumbre identitaria.
No es un diagnóstico contra las redes. Es una advertencia: importa menos cuánto tiempo estamos conectados que lo que hacemos allí y lo que buscamos recibir de los demás.
Ese es el punto delicado del “aura”. El problema comienza cuando el valor personal se vive como si funcionara con la lógica de un videojuego: algo que puede acumularse, perderse o exhibirse según la reacción de los demás. Entonces, la identidad deja de construirse desde convicciones, vínculos y experiencias profundas, y corre el riesgo de depender cada vez más de la mirada del público.
Ya no basta ser: hay que parecer. Ya no basta tener personalidad: hay que producir una reacción.
Me parece surrealista estar escribiendo sobre esto cuando, hace algunos años, quedé impactado por el episodio 1 de la temporada 3 de la serie Black Mirror, titulado “Caída en picada”, donde se muestra una sociedad distópica en la que las personas se califican mutuamente del 1 al 5 por cada interacción social.
Por otra parte, preocupa la prolongación de ciertos códigos adolescentes hacia la universidad y la primera adultez. La madurez no consiste en volverse aburrido, sino en pasar progresivamente de la necesidad de aprobación a la capacidad de asumir responsabilidades, sostener convicciones, aceptar límites y vivir sin una audiencia permanente.
Una sociedad donde la adolescencia emocional se prolonga indefinidamente tendrá adultos con títulos, pero no necesariamente con carácter ni madurez.