Las poderosas escenas que hemos podido contemplar recientemente, de la reacción de las mujeres iraníes, y de buena parte de la población, ante la muerte de una de ellas a manos de la policía religiosa de ese país, debe servir para que, cada uno de nosotros, hombres y mujeres, reflexionemos sobre la dinámica que se vive en muchísimos hogares y, en general, en la manera en cómo concebimos las relaciones de noviazgo y, luego, las conyugales.

Hace algunas semanas hablaba con un grupo de jóvenes parejas que se estaban preparando para contraer matrimonio, y puede ver la cara de algunos de los muchachos cuando les pregunté si, entre los temas que debían abordar antes de darse el “sí”, habían tocado el de la distribución de las tareas domésticas: el aseo de la casa, la limpieza de la ropa, la preparación de los alimentos, el cuidado de los hijos que vendrían, etc.

Por lo menos en este caso, a ninguna de las parejas se le había ocurrido que este es un tema crucial para ir en búsqueda de la felicidad de ambos y que, de no manejarse adecuadamente, podría ser el detonante de crisis y conflictos en el futuro inmediato. Les recordé que vivíamos en el siglo XXI, que había que superar aquellos resabios machistas que solían presidir las relaciones conyugales durante muchos siglos y que era fundamental que tanto a los hijos como a las hijas que vinieran no se les transmitiera, ni con la palabra, ni con el ejemplo que, en la familia la mujer es la única responsable del trabajo doméstico y que el hombre es una especie de parásito que demanda servicios continuos y se abstiene de hacer algo por los demás.

En privado, un muchacho me preguntó que si la distribución equitativa de las labores del hogar también debía implementarse si él sería el proveedor exclusivo de dinero para financiar los gastos domésticos y su futura esposa no trabajaría fuera del hogar.

Yo le hice ver que cada relación de pareja era distinta, y cada situación económica también, pero que lo que me parecía inadmisible y anacrónico es que aquello se diera por sentado, que no se discutiera amplia y profundamente, y, sobre todo, que cualquier acuerdo al que se llegara se asumiera con total y absoluta libertad, sin coacciones, sin que su novia y futura esposa no tuviera alternativas, y que, además, se dejara la puerta abierta para que aquellos acuerdos se replantearan en cualquier momento. Agregué, que la construcción de un hogar era responsabilidad de ambos y que todo lo que sucedía en él era competencia de los dos.

Y es que, en pleno siglo XXI, parece que hay hombres que todavía piensan que una vez que se deciden a hacer vida en común con un mujer, en lugar de contar con una compañera, han adquirido una esclava.