Los hondureños no hemos vivido el horror de terremotos como los de México, Guatemala, El Salvador, Nicaragua y últimamente Venezuela. El sismo más fuerte en Honduras fue el ocurrido el 28 de mayo de 2009 con 7.1 grados. Como periodista he sido testigo de los efectos de estos fenómenos causados por el movimiento de las capas tectónicas de la tierra o por actividad de fallas geológicas.
Por ejemplo, tras los terremotos ocurridos en forma sucesiva en 2001 en El Salvador, estuve presente en el rescate hecho por los cuerpos de socorro de un hombre sepultado en vida bajo los escombros de un edificio derribado por el sismo. Se sabía que estaba vivo porque se escuchaba su voz lejana a través de una estrecha abertura formada entre el apilamiento de materiales sólidos.
Después de un minucioso estudio de la situación, los rescatistas llegaron a la conclusión de que la única forma de remover las enormes lápidas de concreto era poniéndoles dinamita, aunque se corriera el riesgo de matar al infortunado, quien tenía sobre su pecho un pesado ducto de aire acondicionado, según el hilo de voz que salía de los escombros.Luego de cuatro descargas del explosivo, cuidadosamente controladas por los expertos, el hombre fue liberado de su encierro infernal.
Lo insólito fue que cuando salió a la luz cubierto de un espectral polvo blanco, sostenido por dos bomberos, perdió el conocimiento debido a la fuerte conmoción; pero seguía vivo.
Había cumplido más de 24 horas en el hoyo fatídico que casi se convierte en su tumba. Similares rescates, pero sin explosivos, han llevado a cabo heroicos socorristas en Venezuela, como el de una mujer y el de un bebé de diez meses, tras los catastróficos terremotos en doblete que golpearon al país.
Mientras tanto, en Honduras los grandes desastres no son causados por movimientos telúricos, sino por movimientos turbios bajo el buró político que socavan las arcas del Estado.