La dificultad radica en que los valores son ideas y, por lo mismo, intangibles, no perceptibles por medio de los sentidos, y así es fácil perorar sobre ellos sin que, necesariamente, se pueda someter a examen a los que los predican pero no los encarnan. Y eso resulta peligroso, ya que cuando se abusa de los conceptos suelen desgastarse o, lo que es peor, vaciarse de significado. Y un concepto vacío, al que cada quien puede “rellenar” a su gusto, termina por resultar inútil, bueno para nada.
De ahí que muchos axiólogos planteen que para que los valores mantengan su importancia, para que la sociedad se beneficie de su existencia y no sean sujetos de ninguna manipulación, deben ser encarnados, deben traducirse a conductas observables y medibles, deben convertirse en hábitos éticos, en virtudes humanas, ya que hasta el mayor canalla reconocerá, sobre todo si hay público presente, que el respeto o la responsabilidad o la justicia son fundamentales para la buena marcha de la sociedad, aunque él, personalmente, no respete las leyes ni a las personas, carezca de sentido de responsabilidad en su vida familiar, laboral o ciudadana, o se comporte injustamente con la gente que lo rodea.
Por eso es que en las familias, además de hablar a los miembros más jóvenes de la necesidad de ser ordenados, sinceros o generosos, se les debe colocar en situaciones que les ayuden u obliguen a serlo. Me explico: los padres debemos crear condiciones para que nuestros hijos, además de oír hablar de esos valores, practiquen el hábito ético, la virtud humana correspondiente.
Así, al sermoncillo sobre la importancia de ser ordenado hay que sumar, por lo menos, la exigencia de mantener cada cosa en su lugar, al de decir siempre la verdad, la consecuente sanción cuando no la diga o la felicitación o alabanza cuando sea sincero o la concesión de un premio ante un acto de generosidad.
Así se va generando un clima propicio para el desarrollo de una vida virtuosa, para el cultivo de unos valores auténticos.