“Perdonar es liberar a un prisionero y descubrir que el prisionero eras tú”. Lewis B. Smedes.
El odio no es solo una emoción; cuando perdura, influye de tal manera que altera la forma de pensar, sentir y actuar.
El odio es esa emoción intensa y persistente de rechazo o aversión hacia una persona, grupo o idea; es muy diferente al enojo, que puede ser temporal. El odio puede mantenerse durante años y llegar a formar parte de la manera en que alguien interpreta la realidad.
En el cerebro, se ha comprobado científicamente que participan la amígdala, la cual se relaciona con la detección de amenazas y emociones intensas; la ínsula, involucrada en el rechazo y disgusto; la corteza prefrontal, que ayuda a controlar los impulsos y tomar decisiones.
Es increíble, pero cuando el odio se activa con frecuencia, el organismo puede responder como si estuviera frente a un peligro, lo cual genera aumento de adrenalina y cortisol, elevación de la presión arterial, alteraciones del sueño, tensión muscular, mayor inflamación en el organismo si el estrés es crónico y la disminución de la capacidad del sistema inmunológico.
¿Cuál es la conducta de una persona llena de odio? Casi siempre ellos interpretan las acciones ajenas como ataques personales, guardan resentimientos durante años, buscan la venganza y desean que al otro le vaya mal, son más irritables y logran ver solo los defectos casi en todo; el odio lleva a la deshumanización de la persona, las cuales viven con malas relaciones, menos satisfacción en la vida, depresión, ansiedad y estrés.
“Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres”: Romanos 12:18 RVR60.
Toda sociedad necesita no olvidar la historia, pero sí forjarla sin renunciar a sus convicciones y valores. Esta se construye con personas que respeten la dignidad de quienes piensen diferente y trabajen con objetivos comunes, como la seguridad, educación y salud.
Es el tiempo de arrancar el odio.