Es hora de mirar a Dios y de renovar nuestra fe, y también de recordar que la muerte, si es que llega ahora o si nos dan una prórroga y vivimos unos años más, no es el final del camino. Hemos desterrado la muerte de nuestro horizonte, como si por ello esta dejara de existir. Esta pandemia la ha vuelto a colocar ante nuestra mirada, con toda su crudeza, y el mundo entero ha entrado en pánico. No se trata de frivolizar ante lo que está sucediendo, ni de tomárselo a la ligera, pero creo que para un creyente la posibilidad de enfermar y morir no debe ser un hecho tan extraordinario que nos lleve a volvernos locos. Repito: hay vida eterna, y es Cristo quien nos la ha ganado pagando el precio de su sangre.
Esta es nuestra esperanza -San Pablo dice en la primera carta a los Tesalonicenses que la esperanza es el yelmo que debemos ponernos en la cabeza para que la razón no desvaríe- y en ella debemos apoyarnos en momentos así. Por lo tanto, hay que mirar al cielo, aunque con los pies en la tierra. Hay que ser muy respetuosos con las medidas que exigen las autoridades sanitarias, pero sin olvidar que nuestra vida está en manos de Dios y que él es más poderoso que cualquier virus. No respetar esas medidas, pensando que Dios hará milagros y no nos pasará nada, es tentar al Señor, y esa tentación ya la rechazó Jesús en el desierto; pero volvernos locos de pánico es perder de vista el poder de Dios y abandonar la confianza en Él.
