Es la nueva producción hollywoodense de la que todos hablan. Margot Robbie ya ha demostrado que es más que una cara linda, y Jacob Elordi es la novedad en la meca del cine.
Por cierto, es curioso leer lo que el joven actor ha declarado en cuanto a que no usa redes sociales; además, asegura tener los pies bien puestos sobre la tierra y que no permitirá que esa monumental industria en la que se encuentra ahora mismo lo destruya.
Dice que no olvida que lo único que anhelaba fervientemente era ser actor y que, ahora que lo ha conseguido, no tiene por qué desviarse ni perderse. Seguramente, este chico ha leído alguna que otra historia sobre colegas que fueron afortunados al principio y luego desafortunados, incapaces de sortear el peso de la fama.
Elordi está nominado por primera vez al premio Óscar en la categoría de actor de reparto por su magnífico trabajo como el monstruo de Frankenstein, en la producción del mexicano Guillermo del Toro, que está nominada a nueve premios de la Academia.
Esa será una gran prueba para Jacob Elordi, porque no debe de ser sencillo mantenerse cuerdo en medio de tanto “ruido”. La entrega de los premios será este 15 de marzo, y Elordi ha dicho que llevará a su señora madre a esta gran gala, ya que se trata de una promesa que hizo cuando tenía 15 años.
Pero, volviendo a “Cumbres borrascosas”, me ha dado tal emoción enterarme en enero pasado de su producción que me volqué a releer la novela que Emily Brontë nos hizo el favor de escribir hace ya ¿qué? ¡Casi tres siglos!
Y esta es una de las cosas que me fascinan: que el cine insista en esas historias clásicas que valen tanto la pena, para que las nuevas generaciones puedan también disfrutarlas y que ellas —de ninguna manera— mueran en el olvido.
Yo la había leído por primera vez hace doce años y, claro, siento que la leo por primera vez ahora mismo. No dejo de impresionarme por la gran imaginación de la autora, tomando en cuenta que fue una joven que nunca salió del pequeño poblado inglés donde vivió toda su corta vida.
Es increíble que haya escrito una obra tan llena de detalles, con descripciones tan exactas de las pasiones humanas; que su narración sea tan envolvente y que su historia —aunque romántica— sea tan diferente a lo que los lectores estamos acostumbrados, ya que su protagonista es al mismo tiempo antagonista y uno no sabe si odiarlo o compadecerlo.
Otra cosa que llama la atención, además de estremecer, es la ligereza con la que los personajes hablan o se refieren a la muerte, tanto a la de los otros como a la propia. Y es que, considerando lo frágil que era la vida en esos tiempos, es natural, supongo.
Que cualquiera de ellos pescara un resfriado era motivo de preocupación, ya que no había certeza de recuperarse, y no digamos si comenzaba a toser.
La tuberculosis hacía estragos por aquellas épocas (gracias, señores Calmette y Guérin, por el diseño de la vacuna que liberó en gran medida a la humanidad de esa catástrofe).
Nuestra querida Emily fue una de sus víctimas: murió de este terrible mal a los 30 años. Lo mismo sucedió con sus hermanas, también escritoras, Charlotte y Anne; la primera murió a los 38 años y la segunda a los 29, a causa de la tuberculosis.