Borges, Galeano y el circo

Los grandes eventos deportivos suelen unir a millones de personas, pero también plantean una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto desvían la atención de las crisis y conflictos que ocurren fuera de los estadios?

Hay fiestas que sirven, sobre todo, para no ver.

El 2 de junio de 1978, mientras Argentina debutaba contra Hungría en el Mundial que organizaba su propia dictadura, Jorge Luis Borges dio una conferencia sobre la inmortalidad en un auditorio de la Universidad de Belgrano. A sala llena. Había dicho meses antes que, mientras durara el campeonato, iría a cualquier parte donde no se hablara de fútbol, que el Mundial sería “una calamidad que, por fortuna, pasará”.

No fue timidez ni excentricidad, sino un gesto calculado contra la exaltación colectiva, contra la necesidad tribal de vencer al otro que él detectaba, con razón, en cada cántico de estadio y en cada bandera agitada sin preguntas.

Eduardo Galeano habría estado furioso con él. En El fútbol a sol y sombra defendió la pelota como una de las pocas alegrías genuinamente populares del Sur, quizás la única cosa hermosa que la pobreza no le ha logrado arrebatar todavía a sus hijos. Para Galeano, el gol era poesía del cuerpo, no opio; el hincha, no un rebaño, sino un pueblo que, por noventa minutos, se permite creer que puede ganar algo.

Yo nací leyendo más a Galeano que a Borges, y le debo más a Bolaño y su realismo desquiciado que a los laberintos fríos de Borges. Me duele un poco escribir esto, pero lo escribo: en este desacuerdo entre los dos grandes del Río de la Plata, estoy con Borges.

No porque el fútbol sea culpable de algo. El fútbol es inocente, como lo es cualquier balón, sino porque hay que preguntarse siempre quién organiza el circo y a quién quiere distraer.

Y conste que sé, y no lo olvido, que el propio Borges almorzó con Videla en la Casa Rosada apenas dos meses después del golpe, y le agradeció “el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia”, llamándolo un “gobierno de caballeros”. No lo defiendo a él, sino que defiendo la pregunta que hizo sobre el fútbol, aunque él mismo tardara años en entender de qué caballeros hablaba.

¿A quién quería distraer la dictadura argentina en 1978? Durante el mes del Mundial desaparecieron cerca de cincuenta personas, nueve de ellas embarazadas, mientras en la ESMA un grupo de secuestrados, la llamada “Pecera”, era obligado a escribir, bajo tortura, los boletines de prensa que el régimen entregaba a los periodistas extranjeros que venían a cubrir los partidos.

Se calcula que casi cinco mil personas murieron en ese solo centro clandestino. El país entero, mientras tanto, gritaba goles y creía —o quería creer— que ganar una copa era ganar algo sobre el destino.

Hoy el Mundial vuelve a jugarse, ahora entre Estados Unidos, México y Canadá, y se le hace fácil al lector mirar hacia Houston, Nueva York o Ciudad de México mientras en Gaza siguen muriendo niños, incluso después del alto el fuego; mientras en Venezuela ocho de cada cien niños evaluados sufren desnutrición aguda con riesgo de muerte; mientras en Irán una economía entera se contrae bajo bombas y sanciones que decidieron potencias ajenas a su pueblo.

Para mí la respuesta es demasiado fácil. ¿Cuál Mundial? ¿Dónde está, en todo esto, la humanidad de la gente?

¿Qué dirían los que creyeron que alzar la voz servía de algo, el propio Galeano, Fanon, Arendt, frente a un estadio lleno que no sabe, o prefiere no saber, lo que pasa fuera de cámara?

No tengo la ingenuidad de pedirle al lector que deje de ver los partidos; yo también los veré. Pero sí me pregunto, y se lo pregunto a usted, catracho que también grita goles: ¿cuánta indignación nos queda disponible después de noventa minutos de fiesta, y a dónde debió haber ido esa indignación mientras mirábamos hacia otro lado?

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