Amor, amor, amor

En una sociedad que suele confundir el amor con una simple emoción pasajera, vale la pena detenerse a reflexionar sobre su verdadero significado y su papel en la construcción de relaciones duraderas.

  • Actualizado: 03 de febrero de 2026 a las 23:50 -

Recientemente, la semana pasada, me pasó de nuevo. Pregunté a un nutrido grupo de personas, mientras daba una charla en Comayagua, que qué les sugería la palabra amor. Casi al unísono dijeron que el amor era un sentimiento. Y aproveché la equivocación para hablar sobre el sentido del amor verdadero.

Pensar que el amor se reduce a un puro sentimiento es un grave error. Tiene, es cierto, un componente sentimental, pero jamás se agota ahí. Los sentimientos son variables, volubles, vienen y se van. Nadie permanece establemente enojado o molesto, ni nadie vive en un estado eufórico de alegría. Hay situaciones, o personas, que nos provocan un disgusto o nos llenan de alegría, pero, en un período más o menos breve, tanto la molestia como la alegría menguan o se alejan. Así está hecho el ser humano, así suele funcionar.

Pero el amor es otra cosa. Cuando uno se casa, por ejemplo, suele estar muy enamorado, en un “estado de semiinconsciencia”. Los defectos del otro le parecen pocos y pequeños, y se siente uno capaz de superar todos los obstáculos y de perseverar en la decisión tomada. Con el paso de los días, y una vez pasada la emoción que contrae el inicio de toda aventura intensamente deseada, las cosas van tomando otro color, cambiando de matiz. En Olancho se suele decir que primero nacen las flores y luego aparecen las vainas; y sucede así con los árboles de acacia o con los caraos. Después del hermoso espectáculo que ofrecen durante la época seca, luego lucen mucho menos espectaculares cuando se llenan de vainas, en las que, por cierto, guardan las semillas que darán lugar a nuevos árboles.

La fundación de una familia, por ejemplo, exige algo mucho más sólido y permanente que un sentimiento. Luego de los días floridos y luminosos, pueden venir otros de borrasca y frío. Entonces hace falta echar mano del verdadero amor. Algo que tiene que ver más con la fuerza de voluntad que con la “manita sudada”; algo que tiene más que ver con decidir que con sentir. Por eso se ha repetido muchas veces que, cuando realmente se ama, se debe dar el salto de los afectos a la voluntad, del mundo afectivo al volitivo.

He dicho todo lo anterior porque los comercios han comenzado a llenarse de corazones y a invitarnos a comprar algo para aquellos a los que queremos. Y no tiene nada de malo. Siempre resulta agradable regalar a la esposa, a la novia o a la amiga, o que le regalen a uno. Pero a los corazones habría que agregar unos cuantos cerebros, por aquello de que el amor debe ser inteligente, y, aunque se vea feo, unos cuantos hígados, porque el amor exige también carácter, determinación, para sacarlo adelante.

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