Cierta tarde de enero, un hombre adinerado, pero de carácter hosco e insensible, humilló e insultó cruelmente a una viuda indefensa que le había pedido limosna. El hijo de esta, un niño de apenas ocho años de edad, observó en silencio aquella injusticia, la cual se grabó para siempre en su memoria.
El potentado jamás podría haber imaginado que por las venas de aquel pequeño corría un talento artístico sublime. Años más tarde, el niño creció y llegó a convertirse en un pintor famoso. Y aunque el tiempo había transcurrido, la herida de aquel recuerdo permanecía viva en su corazón. Movido por esa memoria imborrable, decidió plasmar en un lienzo, con colores vivos y realistas, el doloroso episodio que aún retenía en su mente.
La obra maestra fue exhibida en una prestigiosa galería de arte, frecuentada por numerosos visitantes. Un día, de manera inesperada, el hombre responsable de aquella humillación pasó por el lugar. Al detenerse frente al cuadro, quedó conmocionado: se reconoció a sí mismo retratado con absoluta fidelidad en aquella actitud vil, despiadada y vergonzosa. Su rostro palideció y su cuerpo comenzó a temblar. La pintura era tan precisa que, aun después de tantos años, él podía ser fácilmente reconocido. Dominado por el miedo y la culpa, ofreció cualquier suma de dinero con tal de comprar la obra y destruirla, lo cual nunca pudo lograr.
Números 32:23 afirma en una de sus partes: “...y sabed que vuestro pecado os alcanzará”. Esta frase bíblica nos enseña que nadie puede ocultar sus errores ni escapar de las consecuencias de sus malas acciones. Tarde o temprano, el pecado sale a la luz y termina alcanzando a quien lo cometió.
El pecado siempre deja rastro. No existen actos sin consecuencia. Por eso, pensemos bien antes de actuar. Y si, lamentablemente, caemos, no huyamos ni encubramos nuestro mal proceder. Más bien, enfrentemos nuestros errores con valentía, buscando la restauración delante de Dios y de los afectados, en actitud de arrepentimiento. Porque, aunque el pecado alcance, la gracia de Dios es mayor para quien se humilla y se vuelve a Él.