28/05/2024
02:14 PM

Ahí está el detalle

Aunque soy poco amigo de aviones y aeropuertos, no he podido rechazar la invitación que me hiciera el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de China (Taiwán) para visitar recientemente ese país, junto con diecinueve periodistas, columnistas y directores de medios de más de quince países de los cinco continentes. Desde hace tiempo tenía el deseo de ir por ese lado del mundo y, en concreto, a Taiwán. Y, en esta ocasión, me movió también el hecho de que mi hijo mayor se encontrara realizando estudios de postgrado en Taipei, en uno de los cien mejores centros de estudios superiores de Asia: la Universidad Nacional Yang Ming.

El país es impresionante. Hay tantas cosas que se podrían decir de él: la conmovedora cordialidad de su gente, el orden y limpieza de sus ciudades, su espectacular infraestructura, la cada vez mayor especialización en alta tecnología de sus empresas, su protagonismo en el movimiento comercial del mundo entero, la creatividad de su gente, el orgullo por su cultura, etc. Pero no voy a referirme, por lo menos ahora, a ninguno de los aspectos antes enumerados.

Veamos. Luego de visitar varias oficinas del Gobierno y distintos centros de producción, desde una fábrica de robots u otra de whisky premiado internacionalmente, hasta un astillero; pasando por un centro cultural juvenil u observando la actitud de la gente que trabaja en los hoteles y restaurantes por los que me tocó pasar, hubo un denominador común que me causó una profunda impresión y, con pena lo digo, no menor envidia. Se trata de la diligencia con que los taiwaneses realizan su trabajo. Y uso la palabra diligencia, que procede del verbo latino diligere, que significa amar, cuidar algo, actuar con prontitud; porque fue exactamente eso lo que vi en cada una de las personas que pude contemplar realizando diversas labores: los botones de los hoteles corren a ayudar, los trabajadores de trenes y autobuses no esperan a que se les pida ayuda, la ofrecen sin ninguna demora; no hay diferencia en el cuidado, orden y limpieza entre una oficina pública y una empresa privada; cada quien está en lo suyo, nadie espera que otro le haga el trabajo que le corresponde, no vi a nadie perdiendo el tiempo ni simulando trabajar, como, desafortunadamente he visto tantas veces en Honduras. Y, claro, al final eso se nota. En Kaohsiung, al sur de la isla, con un calor “sampedrano”, vi cómo varios obreros trabajaban, delicadamente, cada una de las piezas de un yate de mucho lujo, sin que nadie se estuviera soplando o quejándose del calor. Pensé, como dijera Cantinflas, ahí está el detalle, cosa de actitud, cosa de cultura laboral, ni más ni menos.