La centenaria base naval que Estados Unidos ocupa en el sureste de Cuba, en contra de la voluntad de La Habana, está separada del resto del territorio caribeño por más que alambradas y una franja de terreno que aún podría estar minado.
La brecha territorial, ideológica y económica entre los dos países, enemistados por casi 70 años, se vuelve palpable cuando se visita el enclave militar estadounidense, establecido en 1903, uno de los más antiguos que EE.UU. mantiene fuera de sus fronteras y el único en una nación comunista.
De un lado, un país sumido en una crisis humanitaria agravada por el reciente bloqueo de crudo impuesto por Washington, y del otro, una pequeña porción de unos 116 kilómetros cuadrados con mercados abarrotados, que nunca apaga las luces o detiene sus autos por falta de combustible.
Mientras el pasado fin de semana el resto del país caribeño vivía su segundo apagón nacional en menos de siete días, en la base militar estadounidense las escenas cotidianas podrían - si se obvian los carteles que prohíben la fotografía y los uniformes y edificios militares-, ser las mismas de cualquier vecindario en la cercana Florida.
Bienvenidos a... ¿Cuba?
A pesar de que las vallas en la base militar dan la bienvenida a "la bahía de Guantánamo, Cuba", es muy difícil para alguien que haya caminado las calles cubanas el reconciliar imágenes de viejos autos, basura humeando en las esquinas y vecindarios a oscuras, con un pub irlandés, un cine donde esté en cartelera el estreno hollywoodense más reciente o un McDonald's en suelo isleño, que sirve las famosas hamburguesas desde 1986.
A simple vista, las conexiones entre las dos culturas son escasas, pero las pocas que el ojo avizor logra identificar son evidentes: un altar a la virgen de la Caridad del Cobre, santa patrona de Cuba, calles con nombres de próceres de las guerras independentistas, como José Martí y Antonio Maceo, palmas reales o iguanas y jutías endémicas.
En la actualidad quedan en la base un reducido número de cubanos, ya muy envejecidos y en delicado estado de salud, de los más de 300 que solían trabajar aquí hace décadas y eligieron quedarse como residentes especiales. Hace cinco años existía un centro comunitario con un programa cultural para mantener las tradiciones isleñas.
Un pequeño museo salvaguarda parte de la historia del polémico enclave, convertido en una incómoda herencia para el Gobierno cubano, que lo considera "ilegal" y exige su devolución, a lo que EE.UU. se ha rehusado amparado en un acuerdo bilateral de la década de 1930 que requiere la autorización conjunta para su devolución.
Un mural en la tienda de regalos muestra una de las pocas banderas cubanas que se pueden ver en la base, donde tampoco es común escuchar música de la isla ni encontrar una "completa" con congrí, cerdo asado, yuca con mojo y plátanos frito, pero sí un frapuccino de Starbucks o un 'smoothie' de proteína al salir del gimnasio.
Una base completamente independiente
Desde la llegada de Fidel Castro al poder en Cuba en 1959, la otrora relación cercana entre los dos países se enfrió. El fallecido expresidente cubano cortó relaciones con EE.UU. en 1961, dejó de cobrar los cheques de unos 4.000 dólares de renta que Washington todavía paga por la base y cortó el suministro de agua y provisiones en 1964.
A partir de ese momento, 'Gitmo' - como la llaman los estadounidenses- ha sido "completamente autosuficiente" y cuenta con "sus propias fuentes de energía y agua" que sirven a unos 6.000 habitantes de la base, de acuerdo con el directorio de instalaciones militares del Gobierno norteamericano.
Cargamentos con combustible y provisiones llegan al enclave, que cuenta con su propio hospital y aeropuerto, y aunque recientemente es más conocido por albergar a los supuestos responsables de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, continúa siendo uno de los puntos estratégicos de la Armada estadounidense en el Caribe.