Descontada la absoluta falta de árboles, plantas y flores, el paisaje de la Antártida desconoce el verde, los rojos y amarillos de la primavera, y los ocres y dorados del otoño. Allí el viajero tampoco verá animales domésticos o de granja: perros, gatos, vacas, cerdos, ni siquiera un pollo.

En los tiempos heroicos, las expediciones llevaban perros o ponys para el tiro de trineos, gatos de compañía, y ovejas o conejos para la despensa: son famosas las fotos de Hurley con los cachorros nacidos a bordo del rompehielos “Endurance” del explorador anglo-irlandés Ernest Shackleton.

El Tratado Antártico prohibió introducir cualquier especie y los últimos perros fueron evacuados en marzo de 1994.

Más lejos aún quedan los tiempos de tal abundancia que, en 1820, en apenas tres meses, los cazadores mataron 250,000 focas; o 46,000 ballenas en la campaña de 1937, con un centenar de barcos faenando en la zona, datos que hoy causan estupor.

La reina de los mares, la ballena jorobada pululando por los mares antárticos.
Desde la Ventana del Chileno, en la Cala Balleneros de Isla Decepción, los vigilantes observaban las ballenas en grandes manadas: hoy, ver una sola minke o una jorobada, de vez en cuando, es motivo de alegría; y si se reúnen media docena de yubartas en la Bahía de Cuverville, una fiesta.

La Antártida es, o debiera ser, un santuario de flora y fauna autóctona, especies que tienen en esta latitud su ciclo natural, incluidas las migraciones naturales, aunque la presencia humana sigue siendo la principal amenaza.

Ya no se cazan focas -las ballenas siguen en el punto de mira de los arponeros japoneses—, ni se comen pingüinos, que eran parte de la dieta de los expedicionarios. Por ejemplo en Port Locroy venden a los turistas un libro de recetas a base de carne de pingüino, elaboradas por los soldados ingleses en los años 50.

El simpático pingüino dispuesto a realizar una zambullida.
La prohibición del Tratado Antártico se cumple en la fauna visible: ni perros ni caballos; pero hay un mundo animal invisible al ojo, microscópico, que pasa desapercibido.

Invasores

Los investigadores del INACH (Instituto Antártico Chileno) han detectado más de 200 especies ajenas, potenciales invasores, en la región subantártica, antesala del Continente Blanco y puerta de entrada de todas las calamidades.

“Aliens” que han llegado en el casco de un barco, en las botas de un visitante, en el velcro de una prenda. Casi siempre de origen antrópico, traído por alguno de los 5,000 investigadores o de los 50,000 turistas que vienen cada año; el impacto alienígena sigue creciendo por mucho que se extremen los protocolos de limpieza.

Un petrel sobrevolando un campamento en la Antártida.
Toda la Antártida es un ecosistema muy frágil y delicado, fácilmente alterable, no olvidemos que las focas estuvieron al borde del exterminio en solo tres años de caza voraz.

La fauna endémica está aislada por la corriente circumpolar, que forma la Convergencia Antártica, principal causa del enfriamiento de esta zona, que hace millones de años tuvo clima templado, con árboles y fauna de otras latitudes, cuya huella se encuentra en miles de fósiles.

El aislamiento del continente, desde la rotura del actual Paso Drake, creando un cinturón submarino con profundidades superiores a 5,000 m, obligó a las especies autóctonas a adaptarse a una vida en condiciones extremas generando, por ejemplo, proteínas anticongelantes.

Las ballenas, focas, pingüinos y aves marinas actuales son el resultado admirable de una larga evolución, creando capas de grasa o plumaje que les permiten resistir, y reproducirse, en las temperaturas más bajas.

Esta misma evolución se ha dado en los seres microscópicos, no tan llamativos como la majestuosa ballena azul, ni tan feroces como la carnívora foca leopardo, de terribles ojos saltones como dos rojas bolas de billar, ni tan presumidos como el pingüino emperador. Se diría que la fauna microscópica es más humilde, pero está en la base de la cadena biológica y su capacidad de adaptación, su eficiencia evolutiva, raya en lo milagroso.

Un pingüino se lanza desde un trozo de hielo flotante en la Antártida.
Colémbolos y tardígrados

Si podemos admirar en todo el planeta la vida de las abejas o la migración de las mariposas, más admirable aún resulta la vida de los colémbolos y los tardígrados, dos especies antárticas que están siendo estudiadas en este verano austral por científicos como los ecobiólogos españoles Miguel Ángel Olalla y Javier Benayas, y la bióloga colombiana Rosa Acevedo.

“Los colémbolos —explica Benayas— son un tipo de artrópodos, cabeza y cuerpo articulado, considerado el grupo más numeroso sobre la tierra (hasta 60,000 individuos pueden estar en un metro cuadrado”.

Estas “pulgas saltarinas”, solo visibles al microscopio, viven en zonas húmedas: musgos y algas, y pasear en Isla Decepción por la orilla de la playa, con marea baja, es “caminar sobre alfombras de colémbolos”, dice el profesor Benayas.

Dos elefantes marinos discuten en las playas antárticas.
Hay quince especies identificadas en la Antártida de las que ¡seis son invasoras!, aliens que han llegado, se hacen fuertes en el territorio antártico, lo colonizan y eliminan a las demás.

“Las invasoras producen una pérdida de biodiversidad; son un peligro para la Antártida”, indica Benayas.

Así funciona la fragilidad del ecosistema antártico, en difícil equilibrio: estudiar los colémbolos invasores sirve de test acerca de otras invasiones potenciales, acaso propiciadas por el cambio climático.

Otra especie antártica deslumbrante son los tardígrados: “de movimientos lentos, semejantes a diminutas tortuguitas, pero no son tortugas”; a juicio de Rosa Acevedo, autoridad internacional en la materia, quien añade que son “los animales más resistentes que se conocen”.

Colémbolos vistos de cerca.
Los tardígrados son “animáculos” (se decía en el siglo XVII) que llevan en torno a 2,000 años sobre la tierra: ovíparos (se reproducen por huevos), mudan el caparazón y viven en zonas húmedas, como los colémbolos.

“Son cosmopolitas, hay más de mil especies identificadas en todo el planeta, de ellas, 50 en la Antártida —dice Rosa Acevedo— y son el grupo biológico más prometedor para la biomedicina y la bioprospección”.