Sudáfrica se califica a sí misma con orgullo como el único país industrial de África. Hasta 2008, su economía floreció durante más de quince años seguidos.
Y según cree el Gobierno de Pretoria, el Mundial de fútbol debería traer un nuevo impulso de crecimiento después del estancamiento del año pasado.El ministro de Finanzas, Pravin Gordham, opina que el incremento estimado del 2.3% en el producto interior bruto en 2010 se debe en más de una quinta parte al Mundial.Pero otros expertos, como los analista de la empresa financiera Cadiz Securities, se muestran más escépticos y recuerdan la decepcionante experiencia de Corea del Sur en su calidad de anfitrión del Mundial 2002.
Para ellos, el prestigioso producto llamado Mundial de la Fifa no tiene un gran valor económico.La revista “Financial Week” califica de “despilfarro” el gasto de miles de millones en estadios.
El dinero se habría podido emplear mucho mejor para proyectos energéticos y de construcción, asegura. En los “townships” (los barrios marginales donde vive gran parte de la población), se registraron ya violentas protestas criticando las inversiones mundialistas.Con el argumento del Mundial, el Gobierno de Sudáfrica invirtió desde 2006 la enorme suma para el país de unos 46,800 millones de dólares, sobre todo en infraestructuras como carreteras, energía o aeropuertos.Directamente para el Mundial, en la construcción y modernización de estadios, en las medidas de seguridad, en telecomunicaciones o en el nuevo tren rápido que conecta Johannesburgo con el aeropuerto, se gastaron unos 4,500 millones de dólares.Los ingresos durante el Mundial y, ante todo las repercusiones a largo plazo para Sudáfrica, como país de inversión y de turismo justifican los enormes gastos, según el Gobierno. Pero las estimaciones se modificaron a la baja;
por ejemplo, ya no se esperan casi 500,000 visitantes extranjeros durante el torneo, sino como máximo 350,000.Los altos costos que tiene viajar al Mundial explican que los seguidores de Europa, América y Asia se echen atrás en una conyuntura de crisis: no sólo es caro el vuelo hasta Sudáfrica, sino que hoteles y líneas aéreas hicieron fuertes recargos de hasta el 200% a sus tarifas durante el Mundial.
El sector turístico, en el que trabaja más de un millón de personas, ve cada vez con mayor escepticismo el campeonato.
“La avidez mata nuestras esperanzas en el Mundial”, escribió el columnista Peter Delmar. “Ni siquiera los alemanes, los aficionados al fútbol más ricos del mundo, pueden permitirse el lujo de visitarnos”.Sudáfrica hace ya tiempo que no es el país que basa su bienestar -por cierto sólo para una minoría de la población- ante todo en el oro y los diamantes.Entretanto, surgió una industria del automóvil y empresas especializadas en alta tecnología. Florece el sector del vino y el turismo. Y las universidades y centros de investigación gozan de gran reputación.
El rand es fuerte y la inflación baja. Sudáfrica no está mal en comparación a los otros países del G20.De todos modos, el desempleo es muy elevado y según cifras oficiales, generalmente más bajas que las reales, es del 25%.
Y el abismo entre ricos y pobres es en pocos países tan hondo como en Sudáfrica.A pocos kilómetros de muelles de yates, hoteles de lujo y fascinantes barrios de diversión en el Waterfront de Ciudad del Cabo, se encuentran paupérrimos “townships”, en cuyas precarias viviendas no hay ni agua ni electricidad. Sudáfrica es a la vez primer y tercer mundo. dpa