Hay que ser sabio para jugar. El principio de la sabiduría es el temor a Dios y sólo a Él. Se le puede jugar y ganar a cualquiera.
No hay razas, ni nacionalidades, ni apellidos, ni idiomas, ni hombres superiores, simplemente unos aprovecharon y desarrollaron mejor las potencialidades que Dios nos regaló a todos los habitantes del planeta.
El jugador juega como vive y vive como juega, por lo tanto, hay que morir por jugar y hay que morirse jugando.
Los jugadores no tienen edad, simplemente condiciones. Es un hecho comprobado que los futbolistas experimentados entrenan y juegan mejor y si tienen su propia familia, están en el momento ideal. Cuánto tiempo derrochan los jugadores jóvenes, cuánto dinero derrochan los directivos sacando a los jugadores “viejos” sin mencionar que dos o tres años después los contratan nuevamente.
La diferencia entre un jugador excelente y uno mediocre es la mente, la mediocridad es una excepción y un estado temporal. El jugador debe ser un marathoniano de la mente.
La suerte no existe, la verdadera “suerte” se produce cuando coinciden la preparación, la actitud y la oportunidad.
El perdedor siempre tiene una excusa, el ganador siempre tiene un programa, excusa equivalente a discurso y programa equivale a proceso.
No dejes que los fracasos te lleguen al corazón ni que los triunfos te llenen la cabeza.
Tienes un derecho inviolable, innegociable, es el derecho a entrenar y tener un verdadero entrenador.
El partido de fútbol se juega muchas veces y de diferentes formas. Hay que ganarlos todos.
A. El prejuego
B. En el primer tiempo
C. En el entretiempo
D. En el segundo tiempo
E. Después de finalizado el juego
El vestuario es sagrado, nada lo invade, ni nada se sale.
Si no tienes contratista o representante, consíguelo, porque tú debes dedicarte exclusivamente a jugar y ayudar a jugar a los demás.
Se debe dignificar la profesión, se debe respetar al adversario, por este respeto hay que golearlo.
El ideólogo del proceso y jefe del grupo es el entrenador y su autoridad no es discutible, más bien se delega voluntariamente en sus colaboradores.
La mejor forma de ayudar al jefe:
A. Mantener como mínimo el nivel por el cual fue contratado
B. No joder
Sólo entonces, estamos listos para construir una visión, establecer un compromiso por ella y empezar el camino por abrazarle.