San Pedro Sula, Honduras
Una noticia aparece en la pantalla y provoca miedo. Otra despierta indignación. Una tercera advierte sobre un peligro que parece inminente. Se comparte, se comenta y genera preocupación. Horas después puede llegar el desmentido, pero para entonces la reacción emocional ya ocurrió.
En las redes sociales, donde información verdadera, contenidos falsos, especulaciones y mensajes alarmantes circulan a gran velocidad, la desinformación no representa únicamente un problema para distinguir qué es cierto.
La exposición constante al ruido informativo también puede repercutir en el bienestar de las personas.
Esta es la tercera entrega (de cinco) de Mente Sana, una iniciativa que aborda distintos factores relacionados con el bienestar y la salud mental. En esta ocasión, la mirada se dirige hacia una acción cotidiana: consumir información, reaccionar ante ella y compartirla.
La emociòn
Judith Andino, psicóloga y psicoterapeuta, explica que una persona no necesita comprobar primero que una amenaza es real para experimentar una reacción frente a ella.
“Nuestro cerebro reacciona inicialmente ante la amenaza percibida, no ante si la información terminará siendo verdadera o falsa. Un mensaje interpretado como peligroso puede activar sistemas relacionados con la detección de amenazas y generar una respuesta de estrés”, señala.
Esto ayuda a explicar una de las particularidades de la desinformación: un contenido puede resultar falso y, aun así, haber provocado miedo, preocupación o incertidumbre mientras fue considerado verdadero.
“Aunque posteriormente se desmienta la información, la reacción emocional inicial ya pudo haberse producido. Por eso es importante verificar antes de reaccionar o compartir”, agrega Andino.
Felipe Maldonado, docente de Psicología en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), advierte que el efecto puede aumentar cuando las personas se enfrentan a contenidos alarmantes y contradictorios.
“Cuando encontramos noticias que son alarmantes, que son falsas y que no sabemos quién dice la verdad, esto nos impacta y nos desestabiliza emocionalmente y psicológicamente, afectando nuestro comportamiento y nuestra conducta y probablemente nuestro pensamiento”, afirma.
La capacidad de estos contenidos para circular quedó expuesta durante la pandemia. Un editorial publicado en enero de 2026 en Médicas UIS, sobre desinformación en salud en la era de la posverdad, retoma una investigación realizada en Italia en 2020 que analizó 2,102 publicaciones relacionadas con noticias falsas sobre covid-19.
Esos contenidos fueron compartidos aproximadamente 2.35 millones de veces y representaron el 23.1% de las interacciones de las publicaciones estudiadas.
El dato muestra la dimensión que puede alcanzar la circulación de información falsa en una crisis, aunque por sí mismo no demuestra consecuencias sobre la salud mental.
Certezas
Ante una información que genera preocupación, buscar más datos parece una respuesta natural. El problema aparece cuando una noticia conduce a otra, luego a un video, una publicación adicional y versiones contradictorias de un mismo acontecimiento.
Andino explica que, ante un volumen excesivo de información y la dificultad para diferenciar contenidos verdaderos, falsos o manipulados, puede producirse una sobrecarga cognitiva y emocional acompañada de incertidumbre, desconfianza y sensación de pérdida de control.
“En algunas ocasiones nos puede conllevar a recibir ayuda terapéutica ya que hay reincidencia a contraer altos grados de ansiedad, paranoia, estrés y temores por la cantidad de noticias”, advirtió la psicoterapeuta.
Puede aparecer entonces un círculo paradójico: “necesito seguir buscando para sentirme seguro”, aunque consumir más información termine incrementando la ansiedad.
Daniel Matamoros, psicólogo hondureño, también advierte sobre el momento en que mantenerse informado deja de responder solamente a la curiosidad o al interés y se convierte en una preocupación constante por conocer situaciones negativas.
“Si es una obsesión (estar informado), entonces eso produce ansiedad, con estados muy negativos y requiere tratamientos, ya sean clínicos o más de tipo meditación”
La pandemia de coronavirus permitió observar este fenómeno a gran escala. La enorme circulación de datos, rumores, falsedades y contenidos contradictorios popularizó el concepto de infodemia, utilizado para describir una sobreabundancia de información que puede dificultar encontrar orientación confiable.
Un estudio exploratorio publicado en 2025 en ReHuSo: Revista de Ciencias Humanísticas y Sociales entrevistó a 16 universitarios de Temuco, Chile. Los investigadores encontraron que el uso problemático de redes sociales se relacionaba con experiencias de confusión y ansiedad, mientras los jóvenes con un uso significativo de estas plataformas reportaron sentimientos de soledad y falta de apoyo social.
Por el tamaño de la muestra y la naturaleza exploratoria del estudio, los resultados no permiten establecer causalidad ni generalizarlos a toda la población.
Otra investigación, realizada con 195 adultos mayores durante la pandemia, examinó la relación entre infodemia, estrés, depresión y ansiedad.
Los participantes dedicaban en promedio cinco horas diarias a informarse sobre coronavirus. Casi tres de cada diez manifestaron miedo y ansiedad frente a información sobre fallecimientos y contagios, mientras el 65% indicó sentirse estresado al menos ocasionalmente.
Los resultados aportan una fotografía de lo ocurrido en un contexto excepcional como la pandemia, pero no significan que la exposición informativa haya sido por sí sola la causa de los síntomas registrados.
Una pausa
Ante una información que genera preocupación, buscar más datos parece una respuesta natural. El problema aparece cuando una noticia conduce a otra, luego a un video, una publicación adicional y versiones contradictorias de un mismo acontecimiento.
Andino explica que, ante un volumen excesivo de información y la dificultad para diferenciar contenidos verdaderos, falsos o manipulados, puede producirse una sobrecarga cognitiva y emocional acompañada de incertidumbre, desconfianza y sensación de pérdida de control.
“En algunas ocasiones nos puede conllevar a recibir ayuda terapéutica ya que hay reincidencia a contraer altos grados de ansiedad, paranoia, estrés y temores por la cantidad de noticias”, advirtió la psicoterapeuta.
Puede aparecer entonces un círculo paradójico: “necesito seguir buscando para sentirme seguro”, aunque consumir más información termine incrementando la ansiedad.
Daniel Matamoros, psicólogo hondureño, también advierte sobre el momento en que mantenerse informado deja de responder solamente a la curiosidad o al interés y se convierte en una preocupación constante por conocer situaciones negativas.
“Si es una obsesión (estar informado), entonces eso produce ansiedad, con estados muy negativos y requiere tratamientos, ya sean clínicos o más de tipo meditación”
La pandemia de coronavirus permitió observar este fenómeno a gran escala. La enorme circulación de datos, rumores, falsedades y contenidos contradictorios popularizó el concepto de infodemia, utilizado para describir una sobreabundancia de información que puede dificultar encontrar orientación confiable.
Un estudio exploratorio publicado en 2025 en ReHuSo: Revista de Ciencias Humanísticas y Sociales entrevistó a 16 universitarios de Temuco, Chile. Los investigadores encontraron que el uso problemático de redes sociales se relacionaba con experiencias de confusión y ansiedad, mientras los jóvenes con un uso significativo de estas plataformas reportaron sentimientos de soledad y falta de apoyo social.
Por el tamaño de la muestra y la naturaleza exploratoria del estudio, los resultados no permiten establecer causalidad ni generalizarlos a toda la población.
Otra investigación, realizada con 195 adultos mayores durante la pandemia, examinó la relación entre infodemia, estrés, depresión y ansiedad.
Los participantes dedicaban en promedio cinco horas diarias a informarse sobre coronavirus. Casi tres de cada diez manifestaron miedo y ansiedad frente a información sobre fallecimientos y contagios, mientras el 65% indicó sentirse estresado al menos ocasionalmente.
Los resultados aportan una fotografía de lo ocurrido en un contexto excepcional como la pandemia, pero no significan que la exposición informativa haya sido por sí sola la causa de los síntomas registrados.