San Pedro Sula, Honduras.
A los diez años de edad, Josefina Rivera ya ayudaba a su mamá a menear la masa de los tamales que vendía en Navidad. Ahora tiene su propio negocio llamado La Quinta, en el barrio Guamilito, uno de los que más vende nacatamales en la ciudad.
Los tamales es preferible abrirlos calientitos para que salgan con el calor ese olor inconfundible que atrae a comensales de todos los niveles sociales, dice la experimentada tamalera.
En medio del ajetreo en la elaboración de tantos tamales, Chefi, como se le conoce, apenas tendrá tiempo para reunirse en Nochebuena con su familia alrededor de un cerdito horneado.
Después tendrá acaso uno o dos días para reponer sus energías porque luego vienen los pedidos de Año Nuevo.
En La Quinta hacen los nacatamales normales, pero también los especiales de Navidad, a los que les ponen alcaparras, chícharos y pasas, o como los quiera la gente, dice Chefi.
Explicó que la hoja usada en la envoltura no es de cualquier mata. Es una hoja de un plátano cultivado especialmente en el sector de Bijao, Choloma, que los pobladores llaman platanillo. Es una hoja más flexible con la que se envuelven los dos tipos de masa que lleva el tamal y, en medio, el trocito de cerdo o de pollo, para luego ser puestos a que hiervan, en dos horas y media, en una gigantesca olla metálica calentada con carbón.
La masa que le da el sabor es condimentada y coloreada con achiote llamada ajiaco (de ají), aunque aquí en el medio es más conocida como recado. “Se le pone manteca de cerdo y se le da el punto exacto para que quede durita al cocinarlos”. Muchos tamales ya viajaron en las maletas de los paisanos que van a Estados Unidos para mitigar la nostalgia por la comida catracha de los inmigrantes.
“No sé cómo hacen para pasarlos por la aduana, será que los esconden bien, pero lo cierto es que de aquí los llevan hasta para España”, dice doña Chefi. Muchos clientes de doña Josefina Rivera no dejan de pedir también su botella de rompope al que no debe faltarle el licor que, mezclado con la leche y la yema de huevo, le da un toque peculiar.
A los diez años de edad, Josefina Rivera ya ayudaba a su mamá a menear la masa de los tamales que vendía en Navidad. Ahora tiene su propio negocio llamado La Quinta, en el barrio Guamilito, uno de los que más vende nacatamales en la ciudad.
Los tamales es preferible abrirlos calientitos para que salgan con el calor ese olor inconfundible que atrae a comensales de todos los niveles sociales, dice la experimentada tamalera.
En medio del ajetreo en la elaboración de tantos tamales, Chefi, como se le conoce, apenas tendrá tiempo para reunirse en Nochebuena con su familia alrededor de un cerdito horneado.
Después tendrá acaso uno o dos días para reponer sus energías porque luego vienen los pedidos de Año Nuevo.
| Doña Chefi supervisa la elaboración de los tamales en La Quinta. Fotos: Yosepeh Amaya
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Explicó que la hoja usada en la envoltura no es de cualquier mata. Es una hoja de un plátano cultivado especialmente en el sector de Bijao, Choloma, que los pobladores llaman platanillo. Es una hoja más flexible con la que se envuelven los dos tipos de masa que lleva el tamal y, en medio, el trocito de cerdo o de pollo, para luego ser puestos a que hiervan, en dos horas y media, en una gigantesca olla metálica calentada con carbón.
La masa que le da el sabor es condimentada y coloreada con achiote llamada ajiaco (de ají), aunque aquí en el medio es más conocida como recado. “Se le pone manteca de cerdo y se le da el punto exacto para que quede durita al cocinarlos”. Muchos tamales ya viajaron en las maletas de los paisanos que van a Estados Unidos para mitigar la nostalgia por la comida catracha de los inmigrantes.
“No sé cómo hacen para pasarlos por la aduana, será que los esconden bien, pero lo cierto es que de aquí los llevan hasta para España”, dice doña Chefi. Muchos clientes de doña Josefina Rivera no dejan de pedir también su botella de rompope al que no debe faltarle el licor que, mezclado con la leche y la yema de huevo, le da un toque peculiar.