La escuela Luis Braille lleva 26 años de fundación y servicio, y durante ese tiempo ha atendido a más de dos mil personas no videntes, despertando en ellos el sentido del tacto.
Cada año la matrícula va en aumento, ahora mismo tienen inscritos a 200 alumnos entre niños y adultos.
Los cursos duran un año, tiempo en el que aprenden a desarrollar habilidades domésticas y técnicas, además de enseñarles a leer el sistema braille y a movilizarse en las calles.
“Nosotros les enseñamos a ser independientes. La mayor satisfacción que tenemos es ver cómo muchos de los estudiantes que pasan por nuestra escuela se gradúan de los colegios y algunos hasta de la universidad”, declaró Rubén Vásquez, director del centro.
La escuela Luis Braille es la única que brinda ayuda a personas con este tipo de retos en toda la zona norte.
“Para nosotros esta escuela es de gran bendición, si no existiera quizá en este momento estaría en mi casa sin saber leer y con miedo de salir al exterior”, declaró Glaudia Morel, exalumna y colaboradora del centro.
Lourdes Mencía, madre de un pequeño de seis años con ceguera, dijo que ella no tiene cómo pagar lo que el centro ha hecho
por su hijo.
“Cuando nació pensé que él no podría valerse por sí mismo. Esta escuela ha sido una casa para mí, me siento feliz al ver a mi hijo aprendiendo a hacer de todo”.
Una vida sirviendo al prójimo
Sus ojos han sido cubiertos por una capa blanca que le impide mirar; pero su sonrisa, pese a las adversidades, lo acompaña siempre. Él es Rubén Vásquez, fundador de la escuela Luis Braille.
“Comencé buscando ayuda para mí y terminé fundando una institución para ayudar a personas no videntes”, contó entre risas.
Tenía 16 años cuando el glaucoma que padeció desde niño lo dejó ciego.
“Me habían practicado varias operaciones, pero no se pudo hacer mucho. Yo estaba estudiando magisterio en un colegio de La Esperanza cuando perdí la vista por completo”, recordó con tristeza Rubén.
Luego de un diagnóstico trágico, su familia se lo llevó a El Salvador a estudiar a un centro adonde le enseñaron a leer braille y a ser independiente.
“Regresé a Honduras a los dos años, venía decidido a terminar mis estudios en la normal y gracias a Dios me pude graduar”, relató con orgullo.
Pero el tono de voz cambió al decir que pese a que se graduó con buenas calificaciones, no pudo desempeñarse en la docencia.
“Toqué muchas puertas, pero nadie me contrató porque tenían desconfianza. A veces nosotros nos olvidamos de que tenemos impedimento para ver, pero la gente se encarga de recordarlo; nos ven y nos tratan diferente, yo sabía cómo dar clases, pero la gente no me tuvo confianza y fue difícil porque deseaba ayudar a
mi mamá con los gastos de la casa”.
Impulsado por su familia y unos pastores de la iglesia Esmirna, ubicada en barrio Medina, le dieron la idea de dar clases a personas en la misma situación que él, se animó y comenzó a enseñar en un pequeño salón.
“Los pastores me prestaron un salón que servía para escuela dominical, recuerdo que la primera vez solo llegaron cuatro alumnos, pero a medida se corrió la voz fuimos creciendo”.
Fue así como el proyecto comenzó. “Yo no vengo de una familia de dinero, lo que logramos fue a través de donaciones”.
Con el tiempo fueron creciendo y lograron que la Municipalidad les donará el terreno, donde actualmente se encuentran ubicados, en la colonia VillaFlorencia.
Sobreviven con raquítico presupuesto
Pese a que la población estudiantil del centro Luis Braille va en aumento, el presupuesto cada día es menor.
Actualmente cuentan con 900 mil lempiras al año.
“El Gobierno no ayuda, hace unos meses anunció que disminuiría el presupuesto que desde hace años se destinó para las organizaciones que brindan atención a personas con discapacidad”, dijo
Gladys Díaz, maestra de la institución.
Entre las carencias figuran la falta de docentes, reparación de infraestructura, fondos para la compra de material didáctico, transporte para movilizar
a los alumnos, pago de docentes y fondos para el pago de servicios públicos. “Nosotros tenemos que hacer actividades pequeñas para poder recoger dinero y contribuir con los alumnos que vienen
al centro, pues la mayoría de ellos pertenecen a familias de escasos recursos que a veces no tienen ni para el pasaje”, afirmó Claudia Tovar de Soler, maestra de educación especial de la Luis Braille.