"Bebía alcohol y fumaba hasta 72 horas; mis pulmones tenían agujeros y casi termino con cáncer"
El sampedrano Vicente Idiáquez contó cómo, tras tocar fondo por el alcohol y el tabaco —poniendo en riesgo su vida y su relación—, logró superar la adicción. “No vale la pena perder la salud, la vida ni la familia".
- Actualizado: 23 de marzo de 2026 a las 15:28 /
Vicente Idiáquez Martínez, de 39 años, recuerda cómo cada sorbo de alcohol y cada cigarrillo, casi sin notarlo, lo arrastraban lentamente hacia la autodestrucción.
Lo que comenzó como hábitos aparentemente inofensivos durante su juventud se convirtió con el tiempo en un patrón de dependencia que caló su vida, afectó sus relaciones familiares y puso en riesgo su salud.
Es padre de dos hijas, Mía (13 años) y Nathalia (12). Hoy vende celulares, hace deporte todos los días y habla de disciplina, pero hace apenas unos años su vida estaba dominada por el alcohol y el cigarro, vicios que consumieron alrededor de 22 años de su existencia y que casi terminan con su vida.
Vicente tuvo una juventud turbulenta, divertida y peligrosa, los cigarros y el alcohol se convirtieron en compañeros inseparables durante más de dos décadas.
A los 13 años encendió su primer cigarro en la colonia Honduras, no fue por necesidad, fue por pertenecer. “Todos mis amigos fumaban”, recordó, mientras conversaba con LA PRENSA Premium afuera de su vivienda en San Pedro Sula.
Primero fue curiosidad, después aceptación, luego dependencia. A los 15 años el cigarro ya venía acompañado de refresco mezclado con guaro, lo que parecía un juego ya era rutina.
Antes de los vicios, Vicente apenas conoció lo que significa tener estabilidad, su infancia fue golpeada por el huracán Mitch en 1998, que arrasó Tegucigalpa y al mismo tiempo la vida que él conocía. La familia perdió todo y tuvo que mudarse a San Pedro Sula junto a su madre y hermanos, pero los lazos se desintegraron poco a poco, dejando un vacío que los vicios supieron llenar.
Vicente creció rápido o quizás no creció, solo se perdió antes de tiempo. “El alcohol empezó a los 15 años”, dijo, y desde entonces costó mucho que se fuera.
Durante la adolescencia, fumar y beber era ocasional, pero al cumplir 21 años el consumo se volvió obligatorio, viernes y sábado eran sagrados para el alcohol y los cigarrillos. Entre los 24 y 25 años la dependencia se intensificó, consumía hasta cinco días a la semana.
Génesis de la pesadilla
Durante sus noches más oscuras llegó a beber hasta 40 cervezas en una sola jornada, con una resistencia inhumana que le impedía vomitar, mientras intentaba alcanzar niveles de intoxicación que lo liberaran momentáneamente de su realidad.
Con el tiempo, Vicente se volvió agresivo, distante y ausente, cada borrachera lo transformaba, para llegar a su peor versión necesitaba entre 20 y 25 cervezas, y por cada una, dos cigarrillos que consumía sin pausa. Fumaba todos los días, y cuando no bebía, apenas dos cigarrillos eran suficientes, pero cuando el alcohol llegaba necesitaba algo sobre la mano, dos paquetes de 20 unidades cada uno, 40 cigarrillos acompañando cada trago.
Durante su juventud probó marihuana, pero el contacto con el humo lo repelió. “Con el cigarro uno siente el golpe y lo tira, la marihuana solo se inhala y se deja ir, me dio asco enorme”, confesó. La cocaína también cruzó su vida, pero de manera breve. El problema nunca fue la droga, fue el alcohol y el cigarro.
Su mamá sufrió su peor etapa, al igual que la madre de sus niñas, con quien vivió durante varios años. Ambas sufrieron el desgaste por sus excesos, vivir con Vicente en su máximo apogeo alcohólico fue una prueba dolorosa.
Durante años creyó que tenía el control. “Mi expareja siempre me decía que era alcohólico”, recordó Vicente, con un hilo de dolor y humor combinados, él no lo aceptaba: “Le decía que podía dejarlo cuando quisiera”, pero la verdad se imponía sola; bebía lunes, miércoles, jueves, viernes, sábado y hasta el domingo apenas descansaba. Eso, para él, no era alcoholismo.
Sus hijas, entonces de alrededor de 10 años, apenas tienen recuerdos de un padre presente entre el trabajo y el alcohol, pues Vicente no pasaba en la casa.
Cuando se separó de su expareja, el golpe fue distinto; le tocaba mirar a sus hijas durante los fines de semana, las iba a traer y se quedaba dormido en casa. Pasaba tan intoxicado que se dormía mientras ellas miraban televisión, estaba permanentemente ausente, aunque físicamente cerca.
“Podía pasar dos días sin llegar a la casa”, se autocuestionó, al referirse a cómo fue su conviencia con su expareja. Sus hijas crecieron sin recuerdos claros de su padre, solo imágenes borrosas de humo, alcohol y ausencia.
Ese era su nivel de desconexión, no hubo golpes con su expareja, pero sí gritos y noches de frustración. Llegaba tarde, golpeaba puertas, forzaba entradas y el alcohol rompía todo lo que tocaba. “Si me cerraban la puerta quería entrar y le pegaba patadas”, recordó Vicente, con la memoria del error quemándole la garganta.
La inmadurez y la dependencia al alcohol y al cigarro destruyeron la relación que sostenía, estima que un 60% del rompimiento fue responsabilidad de sus vicios. Una pelea puntual 2018, por no llegar durante dos días a casa, selló el fin de ese hogar y terminó de romper su vida sentimental.
Ella decidió abandonar la casa y él lo aceptó, estaba demasiado ebrio para sentirlo, nunca la llamó para que regresara, el alcohol y el cigarro habían ocupado tanto espacio en su vida que ya no podía reaccionar ni valorar la situación. Con el tiempo se acostumbró a la soledad y a que esas sustancias fueran sus únicos compañeros.
Determinante
Entonces vino el punto de quiebre, cuando el alcohol casi lo destruye todo. Vicente aún guarda el recuerdo de aquel día con la claridad de quien revive un error que pudo costarle la vida.
Él pasaba bebiendo casi a diario, y el 9 de junio del año 2023 asistiría a un concierto de Vilma Palma e Vampiros, con boletos VIP comprados junto a amigos.
Uno de ellos le propuso beber desde las 3:00 de la tarde hasta las 7:00 de la noche, antes de asistir al concierto programado a las 8:00 de la noche. Vicente dudó, consciente de que la cerveza era fuerte, pero aceptó. Bebieron durante horas, asistieron al evento y continuaron consumiendo alcohol, ya en estado de ebriedad, con la misma bebida que él previamente había considerado inadecuada.
A la mañana siguiente el mundo de Vicente se detuvo, despertó y su pareja no estaba sobre la cama. Su celular estaba casi apagado y una de las puertas interiores estaba rota, con los vidrios esparcidos.
Llamó de inmediato a uno de sus amigos para saber lo que había ocurrido, y escuchó de la voz de este que aún eran las 10:00 de la noche del día anterior cuando había seguido bebiendo.
La confusión dio paso a la gravedad de lo ocurrido, ya que su pareja le relató que, durante la noche, intentó detenerlo mientras molestaba a un gato y, en medio del forcejeo fue empujada por él y cayó contra una puerta de vidrio corrediza. El impacto rompió el vidrio, que le provocó una herida profunda entre la pierna y rodilla, con abundante sangrado.
Ella permaneció desde las 3:00 de la madrugada atendiéndose la herida por su cuenta, mientras él permanecía en estado de shock, sin recordar lo sucedido, ese fue el punto de quiebre.
Vicente reconoció la gravedad de su situación. “Cualquier persona con un vicio sabe que siempre promete que no volverá a pasar y que va a cambiar, pero yo llevaba años repitiendo esas palabras”, expresó.
Esa misma noche, su pareja le comunicó que había hablado con su madre y que ya no quería seguir viviendo con él. Era fin de semana, Vicente no había mirado a sus hijas y, aunque la madre de ellas lo llamó para saber si las recogería, él nunca respondió el teléfono.
Ese día comprendió la magnitud de lo suscitado. Mandó a reparar la puerta, con un costo de 4,000 lempiras, y cada vez que miraba las heridas de su pareja recordaba las consecuencias de sus actos.
Fue entonces cuando tomó la decisión de dejar el alcohol y el cigarro, a partir de ese momento se propuso reconstruir su vida, un día a la vez, convencido de que no podía seguir viviendo de esa manera.
Antes de este cambio, Vicente había intentado dejar los vicios muchas veces. “Lo máximo que había logrado eran seis días”, recordó.
Buscó ayuda profesional con psiquiatras, estuvo con medicamentos para controlar la ansiedad y con tratamientos para dejar de fumar, que costaban hasta 10,000 lempiras, pero siempre caía, la dependencia parecía más fuerte que él.
Comenzó a hacer uso de una máquina tipo caminadora, el ejercicio se convirtió en su primera pequeña victoria, pero los "demonios" no desaparecieron, a los seis días de iniciar, la ansiedad volvió con fuerza.
Al séptimo día tenía previsto asistir a la boda de un amigo, lo que representó una prueba clave en su proceso. Durante el evento, como era habitual, le ofrecieron alcohol, por lo que optó por dar una excusa simple, asegurando tener hígado graso para evitar beber, así logró sostenerse durante los primeros meses.
Transformación
Poco a poco aumentó el ejercicio, cuidó su alimentación y evitó los hábitos que lo habían dominado durante años. También dejó el cigarro argumentando ante los demás que tenía problemas en la garganta, pero en realidad estaba luchando por vivir.
Al sexto mes, su pareja notó que Vicente había dejado de consumir alcohol, aunque él nunca se lo había comunicado. Para sostener el cambio había eliminado encendedores, cigarros electrónicos y cualquier objeto que representara una tentación.
Cada día era una victoria para él, pero también una batalla intensa, hubo momentos oscuros: “Llegué a un punto donde me dije: ‘Me voy a matar’”, externó, con un hilo de desesperación y honestidad.
Se dio cuenta de que beber y fumar no era una actividad, era un hábito y romperlos le costó seis meses de lucha interna. Hoy, Vicente acepta que no todo fue culpa de otros, sus parejas no habían sido malas como él llegó a pensar, realmente él era el problema y el denominador común de su propia caída.
Su carácter desagradable, su hábito de beber y fumar cada viernes como si fuera obligatorio había alejado a muchas personas. Esos seis meses fueron un campo de batalla interior, difíciles, intensos y transformadores, donde cada día sobrevivido era una prueba de fuerza, paciencia y determinación.
En 2022 tomó una decisión que, sin saberlo del todo, representaría el inicio de su salvación. Salió de la empresa donde había trabajado durante más de 20 años, alejarse de ese entorno donde el alcohol era parte de la cultura y se normalizaba su consumo, incluso entre jefes, Esa decisión facilitó, en parte, su proceso.
“Era bueno en mi trabajo, el alcohol no afectaba mi rendimiento”, afirmó, y en efecto, su historia reta la lógica, pasaba noches de consumo hasta las 2:00 de la madrugada y, a las 7:00 de la mañana estaba puntual en su oficina, cumpliendo con el mismo nivel de exigencia en la compañía. Nunca faltó ni cruzó una línea inapropiada en el trabajo, era una normalidad distorsionada.
Se dio cuenta tarde, a los 35 años para entonces, el consumo ya era extremo. Vicente comprendió la magnitud del problema cuando dejó de trabajar. “El trabajo me impedía ser yo”, exteriorizó. Sin ocupaciones que lo estructuraran, el alcohol llenó cada espacio vacío, y fue a los 35 años cuando tomó verdadera claridad de su caso, el alcohol ya no era diversión, era un problema que dominaba su vida.
Fuera de ese entorno su vida comenzó a cambiar. Durante un viaje a Tegucigalpa por un torneo de natación de su hija vivió un episodio que marcó ese proceso. En un encuentro con amigos, el humo de un cigarro ajeno lo incomodó, lejos de sentir tentación, experimentó rechazo, por lo que decidió retirarse, era una señal de que su cuerpo comenzaba a responder de manera distinta.
El proceso no fue sencillo, venía de años de consumo constante y noches largas de excesos que afectaron su vida personal. “No extraño nada de eso, pero sí viví mucho”, afirmó, al recordar esa etapa.
Llegó a pesar 260 libras, y hoy lo dimensiona en términos concretos y matemáticos; es decir, una noche de consumo de 35 cervezas representaba más de 3,500 calorías, lo que implicaba una libra más. “No me tenía amor propio”, admitió. Actualmente, asegura que sus decisiones están guiadas por la conciencia, tanto en su alimentación como en su estilo de vida.
Si algo le arrebató el alcohol no fue solo la salud, sino el tiempo, años enteros consumidos en noches interminables que pudieron ser otra dinámica, como estudios, deportes, crecimiento y oportunidades. “Pude haber tenido otra vida”, lamentó, tal vez una mejor relación con la madre de sus hijas, una presencia más fuerte en la infancia de ellas y un cuerpo menos castigado.
“Valió la pena dejarlo todo atrás”, declaró Vicente a este medio; sin embargo, admitió que a veces se mira al espejo y reconoce a otro hombre, alguien distinto. Aunque antes desempeñaba un buen puesto en la empresa privada, hoy valora algo que no tenía entonces, el respeto genuino de quienes lo rodean y sobre todo el suyo propio.
Hoy entiende que el tiempo perdido no regresa, pero puede reconstruirse desde otro lugar, la familia, el presente y el amor propio.
Desde su nacimiento cargaba con una condición asociada a su sangre, pero fueron los vicios los que empujaron su cuerpo al límite. Hoy, libre, sin buscarlo, es un referente para otras personas que atraviesan por lo mismo.
“Muchos me buscan para pedir consejos”, contó Vicente. Quienes lo conocieron saben quién era realmente, o como él mismo lo calificó, “un animal”, capaz de beber durante dos o tres días seguidos, provocar accidentes y vivir al borde del colapso.
Ahora comparte más con sus hijas, fortalece sus vínculos, reconstruye lo que el tiempo y los excesos fragmentaron. No se considera perfecto, sabe que los "demonios" no se esfuman, que siguen allí latentes, pero ahora los enfrenta a punta del deporte y la disciplina.
Hoy, Vicente paga un precio por su transformación. “Ahora soy el Vicente aburrido, el que no va a ningún lado”, especificó, sin resentimiento, pero con una verdad que le pesa.
Los chistes dejaron de hacerle gracia, las risas empapadas en alcohol ya no lo conectan y las personas perdidas en la embriaguez le resultan ajenas. Ahora es un extraño en aquellos lugares donde antes había sido su hogar, poco a poco las invitaciones dejaron de llegar y para muchos dejó de ser interesante.
Sin embargo, donde unos se fueron, otros llegaron, por cada amistad que se desvaneció aparecieron dos o tres nuevas, nacidas en el deporte, en la disciplina y en una vida distinta. “He conocido gente increíble”, afirmó, con una convicción que ya no necesita validación externa.
Vicente reconstruye su vida desde lo esencial, está presente con su familia, administra su tiempo con intención, dedica hasta tres horas diarias a actividades que fortalecen su cuerpo y su mente. Comparte con sus hijas y su pareja, y ha vuelto a enfocarse en sus negocios. Tras salir de la empresa privada atravesó dos años de desorientación, pero hoy se siente pleno y reencontrado con un propósito.
Entre lo más valioso que ganó no fue dinero, fue salud. Cuando estaba a punto de dejar ambos problemas, un TAC (examen médico) mostró orificios microscópicos en sus pulmones, el tejido comenzaba a deteriorarse. “Si hubiera seguido, en cinco o 10 años eso se hubiera desarrollado a cáncer, casi termino así ”, apuntó. El daño de su organismo no es reversible, pero se detuvo, y eso, para él, lo cambia todo.
“Estaba matando mi cuerpo por dentro”, arguyó, al tiempo que recordó las señales que presentó en su momento, tales como costras en la piel, pies maltratados y uñas amarillas, un cuerpo que gritaba lo que él se negaba a escuchar.
Hoy, su relación con sus hijas, quienen entran en la adolescencia, es distinta, es sana, cercana y real, les habla sin filtros, les cuenta su historia y sus errores. Dijo que fue partícipe de tres volcamientos en carro y que estuvo a punto de matar a dos personas por conducir bajo los efectos del alcohol.
El cambio también tuvo un costo personal: cuatro amigos que Vicente consideraba cercanos desaparecieron de su vida entre su salida del trabajo y su decisión de dejar el alcohol y el cigarro. Fue un golpe duro, además, dejó de buscar a quienes solo estaban presentes para beber o fumar. “No van a hacer deporte conmigo”, ironizó, consciente de que no todos los vínculos coinciden con su nueva vida.
Vicente recordó con crudeza hasta dónde llegó. Un viernes podía prolongar su consumo de alcohol y cigarro hasta el domingo a las 11:00 de la mañana, permaneciendo casi 72 horas seguidas sin dormir.
Hubo noches en las que fue expulsado de su casa y tuvo que refugiarse en la de un vecino, con el cuerpo al límite, la voz quebrada y los ojos rojos, al borde del colapso. “Llegué a un punto en que o iba a morir, me iban a matar o lo iba a perder todo”, sentenció.
El costo económico también fue brutal, pagos de hasta 20,000 lempiras que tuvo que cancelar en una sola noche, semanas en las que gastó 40,000 en alcohol y cigarro, un descontrol total disfrazado de rutina.
Hoy, Vicente reconoce que aún no se ha perdonado por completo, pues algunos errores y decisiones siguen regresando a su mente. “No debí hacer muchas cosas”, admitió. Ha aprendido a bloquear recuerdos y a convivir con lo que no puede cambiar.
Vicente ha comenzado a contar gradualmente su historia de manera consciente y motivacional en redes sociales. “No he hablado mucho hasta ahora”, dijo, “y hay quienes no lo creen, pero ni siquiera lo intentan”.
Vicente envió un mensaje directo a quienes atraviesan situaciones similares. "Analicen su realidad, observen su entorno, su familia y sus hijos, y reconozcan el daño que los vicios pueden causar", agregó.
“Creemos que no afectamos a nadie, pero le hacemos daño a todos. Primero hay que mirarse a uno mismo, el daño físico, emocional, intelectual y económico que nos estamos haciendo. Después tomemos una decisión, los vicios no traen nada bueno, no hay historias exitosas de quienen viven en los vicios”, indicó.
Vicente reconoció que antes no comprendía la magnitud de su adicción. “Decía que el alcohólico era quien estaba tirado en la calle, pero al día siguiente me decían ‘vamos a beber’ e iba, sin poder parar. La madre de mis hijas me llamaba diciéndome que ellas lloraban o estaban enfermas, y le decía que las cuidara, porque no podía detenerme. No vale la pena perder tu vida, tu salud y tu familia, hay que intentar cambiar, y si no podemos por nosotros mismos, busquemos ayuda”, añadió.
La vida de Vicente es completamente diferente: nada, corre, monta bicicleta y realiza otros ejercicios; duerme ocho horas, se acuesta temprano y se levanta con disciplina. Dedica su tiempo a su su familia, a su desarrollo personal y forma parte de grupos de corredores, como “Pegasus”, en los que participa en competencias que refuerzan su motivación y disciplina.
Su visión del futuro es mirarse en su máxima forma física, tener una relación sólida y cercana con sus hijas, ser exitoso financieramente gracias a su negocio y consolidar su presencia en redes sociales para motivar a otros. Incluso sueña con capitalizar su pasión por el deporte, transformando su experiencia en un ejemplo tangible de que es posible renacer.