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En la intimidad de su habitación en la colonia Villas de San Antonio, a unas cuadras del bulevar de Choloma que conduce a Puerto Cortés, durante una noche cualquiera de 2018, Lurvin Beatriz Colíndres sintió algo que le cambió la vida y pronto acabaría con su paz mental.
Se sentó de lado sobre la cama, un movimiento simple, cotidiano, pero en ese instante, una molestia punzante le atravesó el extremo de su mama izquierda, no fue un golpe ni un mal movimiento, fue una señal y una advertencia.
Se llevó la mano al pecho, palpó, sintió el bulto y en ese instante algo helado recorrió su cuerpo.
Tenía menos de 20 años, migró de San Pedro Sula a Choloma, era una joven disciplinada, responsable y obsesiva con su salud, no por vanidad, sino por memoria.
Se revisaba constantemente porque el cáncer ya había tocado su árbol genealógico, una tía lo había padecido y su abuela materna enfermó de cáncer cuando ella era apenas una niña. En su familia, el cáncer no era una palabra lejana, por eso sabía que no podía ignorarlo, era una posibilidad.
“Uno sabe que la salud pública no tiene las mejores condiciones, por eso fui primero a lo privado, me asusté”, relató a LA PRENSA Premium. El ultrasonido posteriormente confirmó que algo no estaba bien.
A finales de 2018 recibió la noticia que tenía un nódulo en la mama izquierda BI-RADS 4, una clasificación que no es cáncer aún, pero que exige vigilancia inmediata, porque una vez llegase a categoría 6 ya no había vuelta atrás.
Según el Colegio Americano de Radiología, la clasificación BI-RADS 4 implica una lesión sospechosa de malignidad, con una probabilidad de cáncer que puede oscilar entre el 2% y el 95%, dependiendo de la subcategoría. No es cáncer confirmado, pero tampoco es una simple irregularidad, exige biopsia y seguimiento inmediato.
La categoría 6 es cáncer comprobado por histopatología, según estudios científicos, y Lurvin estaba en una frontera.
En 2019 acudió al Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS) de San Pedro Sula y le dijeron que debía operarse, pero lo que más recuerda no son las explicaciones clínicas ni estadísticas de riesgo, fueron las estéticas.
“Me decían que me iban a hacer una cicatriz bonita porque estaba joven, no estaba casada y no tenía hijos, que iba a quedar bien", expresó. Mientras tanto, el tiempo corría, la molestia no desaparecía y el bulto seguía allí.
Esperó un año, fue tres veces a intentar reprogramar, llamaba, iba y preguntaba, pero siempre la misma respuesta: “Nosotros la vamos a llamar", y a la fecha nunca la llamaron.
Entonces llegó el año 2020, la pandemia de covid-19 paralizó quirófanos, suspendió consultas, congeló agendas médicas en todo el país. Diversos estudios publicados tras la emergencia sanitaria han advertido que la interrupción de tamizajes y cirugías oncológicas incrementó diagnósticos tardíos en América Latina, pues el cáncer no entró en cuarentena.
“Allí perdí mis esperanzas, ya no era prioridad”, recordó. El bulto sí seguía siendo prioridad en su cuerpo y su madre insistía: “No podés seguir descuidando eso”.
Lurvin sabía que la categoría 6 significa cáncer confirmado, sabía que tenía antecedentes familiares y comprendí que cada mes que pasaba era una ruleta rusa biológica.
Volvió al sector privado pese a sus limitaciones económicas, del ginecólogo pasó al oncólogo. “Me asusté horrible, él no me dijo que era cáncer, pero sí me que se miraba muy feo”, expuso.
Esa frase la acompañó durante semanas y hacía eco en su cabeza al dormir, al bañarse y al mirarse al espejo: “Se miraba muy feo...”
El oncólogo fue directo al exponerle que debía operarse cuanto antes, y el costo económico rondaba los 30,000 lempiras. En ese momento acababan de despedirla del call center donde trabajaba, se había quedado sin empleo, sin Seguro Social y sin respaldo.
“Da pesar pagar puntual para tener un beneficio de salud, pero ese seguro realmente no es nada seguro, no hay garantía", reflexionó. Mientras esperó en el sistema público, el dolor seguió, la pelota continuó creciendo y la angustia también.
En oncología, el tiempo no es un detalle administrativo, es un factor pronóstico. Estudios clínicos han demostrado que retrasos en diagnóstico y tratamiento pueden permitir que lesiones inicialmente contenidas evolucionen hacia estadios invasivos.
En cáncer de mama, la detección temprana puede elevar la supervivencia a cinco años por encima del 90% y en estadios avanzados, esa cifra disminuye considerablemente.
En agosto de 2020, aproximadamente, dos años después del diagnóstico inicial, logró costear y operarse en el sector privado. En enfermedades como el cáncer o incidios de cáncer, dos años pueden significar la vida o la muerte.
No fue una sola cirugía, le realizaron dos procedimientos paralelos, además del nódulo mamario, tenía una mama accesoria en la axila que también debió ser extraída.
“Lo que me sacaron parecía una almendra color rosado”, recordó la universitaria. “Si me descuido más, con mis antecedentes familiares, no sé qué habría pasado”, dijo.
La biopsia determinaría si había cruzado la línea hacia el cáncer y esperó el resultado con el corazón suspendido. El diagnóstico final confirmó que aún no era cáncer, había estado a un paso.
En el Seguro Social cada visita era una odisea, jornadas completas para ser atendida, respuestas aplazadas y expedientes en espera. “Yo llevaba todo un día para que me atendieran”, rememoró. Le repetían que había pacientes antes, que la llamarían y que esperara.
Mientras el sistema la ponía en lista, su cuerpo avanzaba en silencio hacia un posible cáncer. “No solo es en el Seguro, también en hospitales públicos ocurre igual, aún con cambios de gobiernos, al sistema de salud le falta demasiado, no cubre necesidades básicas de la población", mencionó, con un tono de voz que suena rabioso.
Hoy, Lurvin tiene 27 años y está a punto de graduarse como abogada. En su mama izquierda quedó una incisión limpia, una cicatriz física y "bonita" como le prometieron antes en el Seguro Social, aunque no se terminó interveniendo allí, y esperó dos años una llamada que nunca llegó.
El sistema sanitario que debía protegerla la dejó sola, la dejó vivir con el miedo constante de que cada mes podía ser el último antes de un diagnóstico irreversible.
“Me operé a tiempo, pero me tocó", recalcó. Le tocó pagar, esperar, tener miedo y sobrevivir a la burocracia. El cáncer de mama no espera turnos administrativos, no entiende de reprogramaciones ni se detiene porque un expediente esté engavetado. En Honduras, miles de mujeres dependen de un sistema que muchas veces llega tarde.
Lurvin estuvo al borde, y aunque su historia no terminó en tragedia, sí deja preguntas que retumban: ¿Cuántas no logran operarse a tiempo? ¿Cuántas siguen esperando esa llamada? ¿Cuántas ya no están?
Según la Secretaría de Salud, 5,843 mujeres fueron diagnosticadas con cáncer de mama entre 2013 y 2023 en Honduras. Antes, el cáncer de cérvix era el más común, pero en años recientes el cáncer de mama ha superado a otros tipos en incidencia entre las mujeres.
En 2025, más de 13,000 pacientes estaban pendientes de una cirugía en hospitales públicos del país, según datos recopilados por LA PRENSA Premium y la Asociación para una Sociedad Más Justa (ASJ). De ese total, unos 6,500 pacientes se encontraban en mora quirúrgica, es decir, habían esperado más de 90 días por su operación.
El análisis reveló que el 30% de los quirófanos del sistema público (41 de 147 salas) estaban fuera de servicio, lo que contribuyó a que la mora alcanzara casi la mitad (48%) de los pacientes en lista de espera.
En hospitales públicos especializados como el Hospital Escuela, Hospital San Felipe y Mario Catarino Rivas, la morosidad quirúrgica superó el 57%, y en algunos casos alcanzó hasta un 72%, según el mismo reporte.