04/05/2026
08:36 AM

Vivir el misterio de la Santísima Trinidad

Esta es la clave de la espiritualidad. Profundizar en este misterio, orarlo, meditarlo; dialogar con las Tres Divinas Personas. Cada una de ellas con su riqueza infinita personal. Esto es grande, único, maravilloso. Es la 'perla preciosa' por la que vale la pena venderlo todo y 'comprarla'.

    Esta es la clave de la espiritualidad. Profundizar en este misterio, orarlo, meditarlo; dialogar con las Tres Divinas Personas. Cada una de ellas con su riqueza infinita personal. Esto es grande, único, maravilloso. Es la 'perla preciosa' por la que vale la pena venderlo todo y 'comprarla'. 'Es el 'campo donde está el tesoro'. Meditar en la presencia del Padre que se ve a sí mismo y se expresa tal y como se ve, siendo esto el Hijo que al expresar lo que es el Padre lo ama y siente el amor del Padre que se contempla en lo expresado y este amor de ambos es el Espíritu Santo. Esto en un eterno presente de felicidad total. Amor completo, eterno y sin pasado ni futuro porque es pleno, en un continuo intercambio de entrega total. Nosotros somos la imagen de ese Dios como criaturas.

    Aspiramos a la comunicación y comunión total, que se realiza solamente en la inmersión en el Misterio Trinitario hecho de manera libre y gratuitamente, gracias a la iniciativa de Dios. Esto se hace en comunicación y comunión con la humanidad representada en los 'prójimos o próximos' pero que de una manera u otra se hace con toda la humanidad y también con todo lo creado.

    Nuestro diálogo con la Trinidad y con la humanidad (directa o indirectamente) es continuo y no puede depender de los sentimientos de alegría y las sequedades espirituales, porque supera todo eso, ya que la presencia de Dios es permanente. Él siempre está; somos nosotros los que nos apartamos. Por otro lado debemos tener presente que no se necesita 'sentir' para saber que Dios está en mí.

    Inhabitación

    La revelación divina nos descubre una realidad maravillosa, que da plenitud a nuestro mundo interior. Es la gracia de la inhabitación divina en los justos como en su templo. 'No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en vosotros' (Cor. 3,16). Es diferente la omnipresencia y la inhabitación. 'Las palabras templo, cielo, sede, trono y casa de Dios obtienen su sentido más pleno cuando se refieren al justo' nos dice San Agustín en su exégesis bíblica. 'La inhabitación divina, como fruto del amor que Dios nos profesa, nos convierte en su cielo y nos inserta en su familia de adopción, la Iglesia. El justo es ya un verdadero cielo, en el que Dios tiene su sede o su trono; su corazón habita ya en el cielo y en él se cumplen aquellas palabras del salmo: 'anunciaron los cielos su justicia, y todos los pueblos vieron su gloria (96,6)'. ¿Cuáles son los cielos que anunciaron? Los cielos narran la gloria de Dios (Sal 18,2). ¿Quiénes son los cielos? Los que han sido hechos sede de Dios. Pues así como Dios tiene su sede en los cielos, así también la tiene en los apóstoles y en los predicadores del Evangelio. Y tú, si quieres, puedes ser también su cielo. ¿Quieres ser cielo? Expulsa de tu corazón la tierra. Si no tuvieras concupiscencias terrenas ni respondieres en vano que tienes allí arriba tu corazón, serás también cielo'. (Comentarios de S. Agustín).

    Trinidad santa, un solo Dios

    Si yo soy el cielo de Dios, su mansión, su casa, su templo, quiere decir que el Padre creador de todo lo que existe, con todo su poder y gloria habita en mí. Quiere decir que el Hijo, redentor de la humanidad y del universo, el Mesías habita en mi y quiere decir que el Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo, quien lleva adelante la historia de Salvación y que ha hecho las cosas más maravillosas a través de los santos y de toda la gente buena, Él está en mi. Yo soy el cielo de Dios. Yo me defino por ser el espacio humano, limitado, creado, finito, pero realmente sagrado donde Dios habita sin dejarse aprisionar ni empequeñecerse, sin perder nada de su divinidad ni santidad, y en donde Él se complace en estar. Por eso en lo más profundo de mí está Él y mientras más voy dentro de mi ser, más lo encuentro a Él.

    Esta comunicación es a través del misterio de la persona. No es que mi cuerpo sea el interlocutor, o sea realmente el espacio 'donde Dios está'. Sí está en mí y en mi cuerpo, pero la relación se da en el ámbito de la persona que es espiritual. Allí Dios dialoga con uno y habita en uno con todo su ser y desde allí se 'extiende' a mi cuerpo y realidad. Dios está en todas partes, (omnipresencia), pero su presencia viva, salvadora, amorosa, dialogante, (inhabitación) esa presencia 'nueva' se da cuando la persona se abre a Dios y lo acepta. Por supuesto que el bautismo es el camino normal para que se dé esa presencia. Es presencia del Señor y sólo ella nos hace invencibles. Amén.