27/04/2026
02:19 PM

Un templo del arte

El arte no debe estar soterrado en tenebrosas bodegas. Sus creadores no lo hicieron para esconderlo. Lo elaboraron para llegar al corazón y a la inteligencia de los espectadores. Debe salir, pues, al encuentro con su gente; a decir de su aporte; a testimoniar su época.

    El arte no debe estar soterrado en tenebrosas bodegas. Sus creadores no lo hicieron para esconderlo. Lo elaboraron para llegar al corazón y a la inteligencia de los espectadores. Debe salir, pues, al encuentro con su gente; a decir de su aporte; a testimoniar su época.

    De nada vale un tesoro oculto. El signo sólo se completa cuando se recepta: cuando abrimos un libro, confrontamos una pintura o participamos como espectadores en esa 'boca del lobo' del teatro, etc.

    Qué sentido de orgullo sentimos los que desfilamos ante una pequeña parte de esas maravillas que, por más de medio siglo, se mantenían bajo buen recaudo tras las paredes de la frialdad bancaria.

    Al mirar la muestra plástica del recién inaugurado Museo del Banco Central de Honduras 'Daysi Fasquelle Bonilla', en San Pedro Sula, uno recibe un baño de belleza singular; de sentido afirmativo; una pátina de ese gran legado que nos dejaron, en cuadros invaluables, artistas que de verdad han dejado huella en su aporte.

    Hoy, los sampedranos podremos mostrar con orgullo obras maestras de nuestra plástica en una ciudad tan desangelada e indiferente, en donde hay tan poca cosa digna de ser vista en los renglones del arte.

    Por primera vez, muchos hondureños, por fin, nos enfrentaremos ante nuestro primer Álvaro Canales, con un Aníbal Cruz, un Pablo Zelaya Sierra, un Dante Lazaroni, un Miguel Ángel Ruiz Matute.

    Es el comienzo de una verdadera escuela de bellas artes. Por primera vez, quienes aman la pintura podrán, en estos andurriales de Mercurio, dios de los mercaderes, llegar a estudiar los temas, las líneas, los colores, la composición, la volumetría y la luz de nuestros paradigmas del pincel.

    Los grandes ausentes fueron esos costeños universales de nuestras artes visuales: Confucio Montes de Oca y Armando Lara que, ¡ojalá!, pronto veamos en sucesivas muestras. Que los profesores organicen visitas dirigidas a esa pequeña joya acumulada a lo largo de los años y que ha salido, no lo olvidemos, de los bolsillos del propio pueblo. Ejecutivos, empresarios, religiosos, comerciantes, amas de casa, periodistas, futbolistas y todo aquel que sienta una pizca de orgullo por nuestra identidad podrá alucinar frente a ese nuevo templo del arte. Este museo es una flor de loto en los fangales del país de los escándalos.