Por años he usado el aposento alto para mis meditaciones diarias. Este mensaje sobre la oración es muy real. 'Muchos tienen la seguridad de que no vale nada orar sin tener ganas. Creen que el valor de la oración depende de nuestro estado emotivo del momento. Tan lejos dista esto de ser cierto, que lo contrario más se aproximará a la verdad.
Las oraciones que ofrecemos cuando no tenemos ganas son más aceptables que las que ofrecemos teniendo deseos de orar. Y no cuesta mucho trabajo darnos cuenta del porqué. Cuando oramos porque queremos nos complacemos a nosotros mismos. Deseamos orar, y oramos, y nuestra oración es aceptable ante Dios en el grado en que nuestra voluntad armonice con la suya, pero orando cuando no queremos realmente le llevamos a Dios no sólo el contento de oír nuestra oración, sino también un espíritu disciplinado. Nos hemos citado con Él, contra nuestra inclinación. Nos incomodamos para darle contento a Él, y su placer es grande.
Pueden ser dulcísimos los sentimientos y sería horrible desconocer para siempre el deleite de la fe religiosa, pero los sentimientos carecen de sustancia, son demasiado mudables para guiarnos al orar. Los sentimientos cambian según nuestra salud, con nuestro temperamento del momento, con el tiempo y las noticias del día. Nuestro trato con el cielo no puede fundarse en cosas tan fortuitas.
Si en el pasado ha orado sólo al tener ganas, descanse un momento ahora y comprométase. Comprométase a citarse con Dios, teniendo ganas o sin tenerlas. No faltaría a una cita con su semejante sólo porque desaparecieran las ganas, llegada la hora de la cita. ¿Es usted capaz de ser menos cortés con Dios?
Pero, ¿qué haríamos si al llegar la hora de orar, no quisiéramos cumplir? ¿Puede uno darse las ganas? ¿Hay alguna manera de estimular nuestro interés en la oración? George Miller halló que meditando unos momentos en algunos versículos especialmente significativos se le calentaba el espíritu de la oración. Durante los últimos 200 años, muchos cristianos han llegado a la comunión con Dios por medio de un canto. Otros pasan unos momentos con un libro de devociones o la misma Biblia. Muchos no usan libros para orar; otros se fijan en la cruz y empiezan a orar. Supongamos que aún habiendo hecho todo esto el espíritu de la oración esté tan muerto y tan frío que no resulte ninguna de estas estrategias. ¿Qué hacer? Acuda a la cita de todos modos. Dios siempre le dará la bienvenida