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Se busca....

  • Actualizado: 02 abril 2017 /

    Las consideraciones posteriores o las apreciaciones individuales y colectivas reflejan estado de ánimo dispares y valoraciones extremas, tal como ocurrió después de extinguir las llamas del siniestro que arrasó una extensa área que puso en peligro a la población y sus viviendas. “Es una tragedia”, escuchamos. “No se reportaron daños que lamentar ni víctimas mortales”, nos dejó asombrados o “solo se quemó la maleza” que titula un rotativo. Con explicaciones posteriores y el análisis del trabajo periodístico quizás entendamos lo que nos quieren decir.

    En la escuela desde niños aprendíamos que hay tres reinos, los tres con vida, aunque el mineral tenga tal proceso que no resulta visible ni apreciable. Sin embargo, en el reino vegetal la vida brota si es que el reino animal del que forma parte el humano no interrumpe el proceso de nacimiento, crecimiento y muerte natural. Hubo víctimas y las seguirá habiendo porque la arboleda arrasada y la vegetación consumida debían seguir contribuyendo a un ambiente productor de oxígeno y protector de fuentes de agua a cuya sombra se desliza el líquido vital hacia depósitos de captación desde los cuales llega a los hogares.

    Claro que hay víctimas mortales directas, la vida vegetal y animal en el bosque, e indirectas en los hogares donde el suministro de agua para consumo e higiene es un calvario desde hace años. Algunos realizaron cálculos sobre los galones de agua que helicópteros elevaban de la represa Los Laureles lamentando que sobre la endémica escasez, penuria anual en barrios y colonias de la capital, surgiese una nueva necesidad.

    Pero el daño está a la vista, nunca mejor la expresión, pues basta extender la mirada para ver la desolación no tanta como la que se achacaba a Atila de cuyo caballo se decía que por donde cabalgaba “no volvía a nacer la hierba”. Los Atila de hoy también arrasan el ambiente con fuego, con obras que obstruyen o desvían los cauces naturales, con invasión para la explotación, con deterioro de la tierra, de manera que a las tragedias de hoy seguirán otras mayores, más dramáticas, como ocurre en Perú con el “Niño costero” o en algunos países africanos con la sequía.

    Y entonces se multiplicarán las voces y se buscarán culpables cuando ya el remedio ni siquiera hace cosquillas a la enfermedad. Recordaremos que la “naturaleza nunca perdona” y lo que se le da y cómo se la trata es la retribución devuelta para todos, para quienes están conscientes de la tragedia, para quienes no lo lamentan y para quienes son asesinos de la vida vegetal, cuya identidad se halla en el cartel de “se busca con recompensa de 250 mil lempiras”.