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Referentes válidos

  • 29 julio 2017 /

    Por naturaleza, los seres humanos tendemos a imitar. De hecho, la construcción de nuestra personalidad está estrechamente ligada con los modelos entre los que nos movemos desde que incursionamos en este mundo, es decir, desde muy pequeños. Por eso es común ver cómo los hijos repiten las posturas o el vocabulario de sus padres y copian gestos y actitudes de ellos. Luego, en la medida en que vamos adquiriendo conciencia de la propia existencia, aunque ya de manera intencional, continuamos adquiriendo de la gente que tenemos más cerca, o de las personas que admiramos, posturas de vida e imitando conductas concretas.

    Malos y buenos modelos siempre ha habido. Gente que ha dado mal ejemplo y que ha inducido a otros a comportamientos inmorales o a desarrollar vicios ha abundado. El mundo del espectáculo ha sido una auténtica vitrina de conductas reprobables: drogadicción, adulterios, aberraciones, ambiciones desmedidas, impudicia, etc. Durante décadas se había mantenido al margen de esta tendencia el mundo del deporte. Pero eso también se ha terminado. Ahora, por ejemplo, hay muchos deportistas que se comportan como superestrellas, que se muestran caprichosos, deseosos de lujos y vanidades, donjuanes descarados, pésimos referentes para la niñez y la juventud.

    Aún así, la naturaleza humana no ha cambiado y sigue necesitando referentes, apoyos conductuales. A una estrella de las pantallas o de la música poco le importan nuestros hijos, ordinariamente descuidan a los suyos, si es que los tienen. A un famoso deportista, tampoco. A ambos les interesan más sus millones que cualquier persona. Y nuestros hijos continúan exigiendo referentes válidos que les provoquen el deseo de ser mejores personas, que los induzcan a desarrollar hábitos éticos, que les transmitan valores.

    Al final, lo que está claro es que esos referentes válidos y valiosos tienen que ser los mismos padres. Son los padres los que deben mantener una conducta que los vuelva imitables; son los padres los que deben poner los medios para que los hijos tengan ante ellos buenos ejemplos. Además, aprender de los padres es más fácil. Se dan en la relación paterno-filial unas condiciones que no pueden darse en su relación con Lady Gaga o Cristiano Ronaldo. Primero, el cariño. El cariño mutuo entre padres e hijos lubrica toda fricción y mantiene la relación personal en un ambiente cálido, amable. Luego, el ejemplo cotidiano. La convivencia diaria permite ser ejemplar minuto a minuto, día a día. Finalmente, la intimidad. La cercanía deja salir lo mejor y lo peor tanto de los padres como de los hijos. Así, unos y otros luchan, trabajan, por superar sus deficiencias, por limar sus aristas.

    Debemos tenerlo claro: el mejor referente, el mejor modelo para los hijos son sus propios padres.