El pontífice León XIV, desde la Basílica de San Pedro, se ha dirigido a Roma y al mundo para implorar “el rechazo al odio, la violencia, la confrontación, practicando el diálogo, la paz y la reconciliación”, recordando los distintos conflictos bélicos que ocurren al interior y entre países, sea por guerras civiles o por disputas fronterizas, entre ellas Sudán, Sudán del Sur, Nigeria, Siria, Tailandia y Camboya; Rusia y Ucrania, Israel y Palestina, Uganda y Congo, causantes de muertes, refugiados, destrucción masiva, incluso genocidios, sin que la Organización de Naciones Unidas sea capaz de alcanzar acuerdos mutuamente aceptables para las partes que pongan fin a tales catástrofes humanitarias, en tanto se acumulan tensiones entre otros que tarde o temprano desembocarán en tragedia y drama.
La exhortación papal, puntual y directa, también se aplica para nosotros, que aún estamos enfrentados por consideraciones político partidarias que nos dividen y debilitan, dificultan un proyecto compartido de nación en la que todos y todas, sin excepción, estemos incluidos como agentes de cambio, ya no como meros espectadores, remontando la tradicional pasividad e indiferencia que permite a minúsculas elites y facciones usurpar el bien colectivo para provecho propio.
Ha llegado el momento indicado, en la actual coyuntura, para deponer rencores, agravios, disputas, superando discrepancias para concentrarnos en aquello que a todos y todas nos afecta, buscando iniciativas que hagan posible superar y neutralizar lo negativo, para inmediatamente después, proponer diversos cursos de acción hasta alcanzar consensos.
Para alcanzar tan anhelado objetivo se requiere de sinceridad en el intento por aproximarnos a llegar a aproximaciones que culminen en acuerdos, descartando ventajismos, demoras, excusas, con la aceptación honesta que todos y todas tenemos cuota de responsabilidad en el actual orden de cosas, en grados diversos pero sin que nadie esté exento de lo sucedido.
También se debe poseer objetividad, madurez, sentido común, sin que la emotividad ni el dogmatismo saboteen los intentos de aproximación convergente. Que sean las fuerzas centrípetas y no las centrífugas la que nos aproximen a mitad del camino entre ambos extremos, inicialmente antagónicos.
Desde el punto de vista cronológico ya somos adultos, habiendo dejado atrás la emotividad propia de la niñez y adolescencia, etapas de la existencia ya vividas, de modo que actuemos en consecuencia, con realismo y pragmatismo. Demostremos a la generación emergente que podemos darle un ejemplo de civismo y patriotismo, que ellos y ellas, a su debido tiempo y circunstancias, lo agradecerán y se inspirarán para evitar los yerros que nosotros y nosotras hemos cometido. Saber rectificar implica sabiduría y evolución mental y emocional.