En estos tiempos, sin excluir el pasado, en los que la corrupción marca generaciones y la devaluación de principios conduce a nuestra sociedad hacia desastres sociales y tragedias colectivas, necesitamos algún toque que puede ser considerado banal, inútil o producto de un desvarío mental. Perdido todo, hasta lo poco es ganancia.
Lástima que la burocracia devore con suma avidez los recursos y agoste la capacidad creativa en los flamantes y locuaces funcionarios de los cuales podemos obtener fiel retrato en la obra de Luis Andrés Zúniga, Fábulas que debiera ser el libro de escritorio, no para adorno, sino para lectura obligatoria cada mañana dado el casi nulo hábito de este ejercicio intelectual.
¿Identificación? De inmediato y de múltiples maneras, pues cada quien se vería calcado en las actuaciones de los animales, cuya personalidad se despoja de piel o plumas para escenificar el lado oscuro de la ambición, de la charlatanería, de la soberbia, del desarraigo y de uñas largas.
Por eso el título, relato con moraleja para aprender en cabeza ajena, aunque como la propia es dura la lección no entra fácilmente y mucho menos si a la falta de voluntad acompaña el desinterés de la sociedad para reconocer lo bueno y castigar lo que exige sanción tanto penal como social. La segunda desgraciadamente ha desaparecido y la primera está a punto de ser engullida totalmente por la impunidad.
Obliguemos la lectura de Fábulas y en algunas generaciones experimentaremos el cambio necesario para recuperar principios, gratificar el bien y sancionar el mal. ¿Utopía? Ante el fracaso de lo tradicional, nada más se pierde con lo nuevo.