Apegados a la letra de los relatos bíblicos sobre las últimas horas de la vida terrenal del Maestro de Galilea, las conmemoraciones de este día, Viernes Santo, iniciaron temprano en la mayoría de las comunidades por las calles con representaciones en vivo del camino, vía, de la cruz, crucis, cuyo final quedó marcado al atardecer de aquel día en la ejecución de la sentencia con la crucifixión de tres condenados.
Es la jornada de hoy la más rica en tradiciones, en vivencias personales y colectivas, porque el camino de la cruz y la tragedia de la muerte nos marca a todos de una u otra manera.
“Muchas personas que han experimentado la violencia con la muerte de sus seres queridos lo que les da fuerza es la fe. La pregunta es ¿hasta qué punto se puede perder la fe, la moral y la conciencia como para matar? El problema para mí está en los que matan.
Las personas que sufren el efecto de la violencia me han dicho: “Padre, lo que me da fuerza es la fe”. Es un contraste”, expresa el obispo ángel Garachana en sus reflexiones sobre la Semana Santa.
Pero en la cruz de los hondureños además del gran peso de la violencia y la inseguridad, se han enquistado la corrupción, el desempleo, la enfermedad, la violencia, la desilusión y, en no pocas ocasiones, el odio que no repara en nada con tal de difundir el veneno del negativismo en palabras, hechos y rostros marcados por la frustración.
El mensaje que ha sobrevivido a los imperios, castástrofes, ideologías y las falacias, cobardía y traición de algunos mensajeros, está vivo y resuena hoy con la misma nitidez de hace siglos: “Yo he vencido al mundo”. Ante desesperantes situaciones, la invitación sigue presente: “Vengan a mí todos los que están cansados de sus trabajos y cargas y yo los aliviaré”.
“Hay personas que han llegado hasta la violencia, asesinan y se han arrepentido. Han pedido perdón a sus víctimas, les duele en el alma, han hecho penitencias y quieren rehacer su vida. Hay otros que no han tenido ese cambio. Por parte de la iglesia lo que se tiene que hacer es el llamado, decirles que pueden cambiar, rehacer su vida.
La posibilidad del cambio a nadie se le puede negar. Dios no niega el perdón a nadie que se lo pide. Mientras vivimos podemos cambiar, la tarea de la iglesia es cómo llegar a estas personas, cómo decirles que pueden cambiar”, el mismo mensaje en palabras del prelado sampedrano.
La Iglesia vive intensamente el mensaje del viacrucis, de las siete palabras, de la crucifixión y del Santo Entierro en la jornada previa, intensamente humana, de la glorificación, del triunfo de la vida sobre y contra quienes levantan las banderas de la muerte, destrucción, tragedia y dolor.
“Dios no abandona a los que le aman de corazón y a los que aman también al prójimo”.