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Tiempo para hacer cuentas

  • Actualizado: 29 diciembre 2018 /

El tiempo que ha pasado es irrecuperable.

    San Pedro Sula, Honduras

    Resulta inevitable que una vez que se van gastando las últimas horas de un año que se va tendamos a hacer cuentas, y no se trata de calcular gastos, pérdidas o ganancias materiales, sino de evaluar qué hemos hecho mal y qué hemos hecho bien en los últimos doce meses, con sus semanas, sus días y sus horas. Como es natural, por el simple hecho de ser personas, seres humanos falibles, capaces de los más grandes heroísmos y de las peores miserias, ante los hechos positivos es posible que nos salga un suspiro de satisfacción y ante los negativos un rictus de frustración o de amargura, que nos felicitemos de las buenas acciones y nos arrepintamos de las malas.

    Lo que conviene tener claro es que el tiempo que ha pasado es irrecuperable, es que no hay fuerza humana que sea capaz de retrocederlo y que, por lo mismo, para poco valen las lamentaciones, y que lo que queda es la asunción de los hechos y sus consecuencias y el firme propósito de actuar, a futuro, con mayor prudencia y evitar tropezar con las mismas piedras, aun a sabiendas de que esto último continúa siendo posible.

    En los días que vienen, en ese año por estrenar, lo más seguro es que seguiremos siendo bastante parecidos a como somos ahora, mezcla de virtudes y defectos, que conservaremos, gracias a Dios, la misma familia, el mismo trabajo y los mismos amigos, y que, por tanto, habrá que lidiar de nuevo con las virtudes y los defectos del cónyuge, los hijos, los colegas y los amigos, así como ellos tendrán que lidiar con los nuestros. Evidentemente, no podemos pretender que los demás se embarquen en procesos de mejora mientras nosotros no lo hacemos, por ello lo más sensato es que empecemos por nosotros mismos si queremos que el ambiente familiar, laboral o social mejoren. Por algo somos responsables de nuestra propia conducta y no de la de los demás, a menos que ellos actúen en reacción a nuestros estímulos. Aún así, incluso cuando los estímulos externos sean negativos, cada persona puede, libremente, decidir cómo reaccionar.

    Y quizá ese debería ser el mejor y mayor propósito para 2019, aprender a ser señores de nosotros mismos, a tener señorío, a saber autogobernarnos, a ponerle rienda a nuestras emociones y a privilegiar la razón por sobre los sentimientos. De esa manera nos evitaremos incontables disgustos y no daremos muchos a los que nos rodean. Por algo, la felicidad, esa meta tan buscada y aparentemente tan poco asequible, está dentro de nosotros mismos, ya que la mayoría de las cosas desagradables que nos suceden las hemos provocado nosotros mismos por nuestra intemperancia y nuestra terquedad. Terminemos, pues, el año haciéndonos el propósito de pensar muy bien antes de hablar, antes de actuar, antes de interactuar con los demás.